“vamos, ya me aburrí”. Luego te pusiste de pie. Yo insistía con que debíamos quedarnos un rato más y tu cara se transformo. “dos canciones más y vamos”. El alcohol recorría mi lánguido cuerpo y me sentía omnipotente como nunca jamás.
La cena con los chicos comenzó como siempre ese día. Un vaso de vino y luego otro y más tarde unos cuanto más. El vino era muy berreta, pero la situación lo ameritaba. Cualquier otro día nos hubiéramos negado a mirar esa botella como una opción para acompañar la cena. Degustamos ese insípido liquido color bordo sin asco.
Estabas sentado en la punta de la mesa mirando el monitor de la computadora que reproducía un video de Amy Winehouse. Estábamos apenados por su reciente desaparición de este mundo. Morir tan joven, que muerte tan absurda. Para romper con el silencioso luto en el que habíamos caído me dirigí a la computadora y puse un clásico de Mariah Carey. Que mujer talentosa. Que voz tan imponente. “Me encanta como hace con las manos cuando hace el Whistle”, dije mientras miraba asombrado ese video que he visto mas de un millón de veces. Ustedes me miraron y esbozaron una débil sonrisa.
“Bueno, ya pasaron las dos canciones… nos vamos”. Nos pusimos de pie y el dueño de casa nos condujo por ese oscuro camino hasta la puerta de la calle. “Hablamos mañana para ir a Soho”, dijimos ambos al unísono.
Las luces de la calle eran geniales. Parecía un estudio de televisión. Vos lanzaste un: “me hace acordar a Buenos Aires esta calle”. No falto mi clásico “¿Por qué?”.
Caminamos media cuadra en silencio. Luego lanzaste una queja. “Relájate gordo, no pasa nada”. La ira se apodero de tu rostro. Lanzaste una piedra. Me sentí María Magdalena en ese instante. Como siempre, sonreí y seguí caminado. Pronto lanzaste cual borrego una patada. Mis piernas son fuertes. No me dolieron los golpes, más me dolió el alma. Sangraba por dentro. Mi mejor amigo, mi hermano y confidente había pasado un límite. Segundos después de tan bizarro espectáculo llegaron tus disculpas y mas luego las justificaciones. “Perdona, soy un sacado”. Lloramos. Creo que el alcohol facilito el florecer de las saladas gotas de agua que emanaban de mis ojos.
Me eche a andar por esa calle oscura en diagonal a la iluminada Callao.
En mis oídos sonaba Mariah “Lead the way”. Camine dos cuadras y te adelantaste. Te vi caminado de espalda a mí. Te alejabas con tu sobrio tapado negro. Sentí pena por los dos. Te alejabas lentamente y aunque no te veía la cara, sabia que estabas desfigurado. La noche nos sobre paso, tomamos en demasía.
“Me pregunto si ha habido alguna vez una familia perfecta… y te extraño hermanita y hermano menor y espero que te des cuenta que siempre te amare…”, la canción
“Petals” de la genial Mariah Carey me tocaba en lo mas profundo de mi ser. Una estocada mortal. Aquellas palabras de la canción me hicieron recapacitar. ¿Quien era yo para juzgarlo? Doble en una esquina y busque una flor. Una especie de margarita amarilla. La corte y corrí a la esquina. El ya no estaba. Sólo fueron unos minutos y él ya no caminaba por la misma calle. En medio de mi borrachera tuve un segundo de lucidez y pensé que no podía haber ido muy lejos. Era correcto. Caminaba por la oscura vereda de enfrente. Corrí lo más rápido que pude. Grite tu nombre a viva voz desde el medio de la calle. Un auto se aproximaba a todo motor. Vos precavido como siempre corriste por la vereda. Nos unimos en un fraternal y sólido abrazo. “Perdóname, te quiero boludo”. Nos reímos entre llanto. Nuestros ojos rojos y las mejillas surcadas por las lágrimas. “Pensé que te iba a pisar el auto”, dijiste mientras te secabas el rostro. Nos reímos a carcajadas, siempre con ese desparpajo que nos caracteriza. Nos volvimos a abrazar. “Mañana paso por tu casa a las once así hacemos preboliche”, dije mientras me ponía los auriculares señalando que la noche se terminaba y volvía a casa. “Que noche de excesos, por Dios”’, dijiste mientras te reías. Nos alejamos en direcciones opuestas. Una cuadra más adelante me di vuelta y ví como te alejabas. Sentí paz. Nos perdonamos sinceramente.
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