El día anterior a la fiesta habían pasado la noche en el departamento de Lorena jugando al truco y tomando cervezas. En el comedor eran más de diez personas. Todos amontonados pero disfrutando de la reunión.
A las doce y media de la noche llego Pablo, un estudiante de medicina que salía con Lorena hace unos meses y con la confianza que lo caracterizaba se dirigió a la cocina, tomó un encendedor y prendió un cigarrillo de marihuana. La primer pitada la saboreo lentamente unos cuantos segundos antes de dejar salir el humo por su monumental nariz. Luego volvió al comedor y mientras se servía un poco de cerveza ofreció el cigarrillo artesanalmente armado por sus propias manos. El flaco Federico le acepto una seca y después se lo paso a Patricia. Pablo no tardo en lanzar un “che déjenme un poco para mí, no sean guachos”. Todos se rieron y luego volvió cada uno a su rol. Los jugadores volvieron los ojos sobres sus cartas, las mujeres a sus celulares para cumplir el fatídico rol de guardia cárceles de sus parejas y Pablo encarno el rol de un súper héroe cuya misión era salvar el cigarrillo.
-Esta buenísima, es de la buena –dijo Federico-. ¿Dónde la compraste?
La espuma de la cerveza rozaba el borde del vaso trasparente y las burbujas se desprendían del fondo a toda velocidad como quien se está ahogando e intenta llegar lo más rápido posible a la superficie. Pablo bebió un trago de la helada y deliciosa cerveza cuya publicidad contaba con la espectacular actuación de una de las mujeres más googleadas del país. Su nombre era Luciana Salazar, más conocida como “Luli pop”, infartante modelo-vedetonga que ahora incursionaba en el mundo de la música. Lujo que podía darse gracias a los increíbles avances de las máquinas de edición de sonido que ayudaban a corregir su no tan agraciada voz.
-Se la compró al chino, un amigo que tiene buenos contactos, a él se la traen de Paraguay porque allá esta la posta –dijo Pablo mientras sonreía pícaramente-. Si queres después te paso el número y decile que lo llamas de parte mía, igual yo le aviso antes porque si no te va a decir que él no tiene nada que ver con eso por miedo a que sea una cama de la cana… viste como son estos tipos.
Federico saco el celular y agendo el número. Dejo a Pablo para ir detrás de un vaso de alcohol que paseaba de la mano de Melina.
Alrededor de las cuatro de la madrugada, después de unas cuantas botellas, todos se reunieron alrededor de la mesa para arreglar la joda en la isla. Unos cuantos minutos más tarde quedaron que se encontrarían en casa de Melina ya que ésta vivía en frente a la isla Vladimir. La hora del encuentro: doce del mediodía. La única consigna: concurrir con muchas ganas de diversión.
Lorena bajo a abrirle a Federico y Pedro que fueron los últimos en irse. Pablo se dirigió a la ducha.
El despertador sonó a las once de la mañana. Lorena fue la primera en despertarse. Se sentó en la cama y bostezo mientras llamaba a su novio. Le acariciaba el pelo. “Pablo son las once, dale despertate así desayunamos algo”. Él agarro la almohada y se la puso en la cabeza mientras protestaba y decía: “Diez minutos más gorda, diez más”. Lorena balbuceo un irresuelto insulto y se fue a la cocina para preparar el desayuno. Tostadas y mate algo rico y práctico para ella que era una mujer extremadamente vaga.
Una rubia voluptuosa se acercaba a Pablo caminado sobre esos tacos de acrílico y cuando en frente de él, lo besaba apasionadamente y le decía que siempre le gusto y moría por hacer lo que ahora estaba haciendo. Él se sentía en la cresta de la ola y con sus fuertes brazos la abrazaba y la miraba obnubilado. Esa chica le gusto desde el primer día que la vio baldeando la vereda. Se llamaba Flavia, pero él y sus amigos la llamaban la pechocha por sus grandes delanteras. Pablo acariciaba lentamente la cintura de la versión rosarina de Pamela Anderson y cada tanto dibujabas algunos círculos mientras ella lo besaba. Estaba a segundos de conseguir lo que siempre había soñado. Sin embargo, estaba ocurriendo lo que el tanto temía. Allí en su parte más masculina no pasaba nada. Siempre le había aterrorizado que algo así le sucediera. Había leído en Internet que era normal cuando un hombre se pone nervioso o pasa por una situación traumática, pero nada de eso lo hacía menos aterrador. Comenzó a desesperarse y querer gritar pero no podía hacerlo ya que ni su voz le respondía, entonces, cuando pensó que enloquecería despertó y frente a él estaba su novia que lo miraba preocupada.
-¿Con quién carajo soñabas pendejo?
Pablo miro al techo y suspiro. Agradeció a Dios el hecho de que solo había sido una temible pesadilla y luego contestó: “Primero con vos mi amor, pero después tuve un sueño horrible que mejor ni te cuento porque dicen que si contas una pesadilla se hace realidad y me da miedo”. Apenas termino de dibujar su mentira abrazo a Lorena y quiso probarse a sí mismo que seguía funcionado como siempre y efectivamente sólo se había tratado de una estúpida pesadilla. Hicieron el amor. Para sentirse más seguro necesito una segunda vuelta.
A las doce sonó el timbre. Eran Federico y Pedro.
Esta vez bajo a recibir a la gente Pablo mientras Lorena terminaba de ducharse. Cuando ésta salió del baño los muchachos ya estaban sentados en el comedor tomando mates. Saludo y se terminó de cambiar en la habitación.
-Llegamos en mal momento parece, perdón si cortamos el chorro –dijo Pedro.
-No pasa nada ya habíamos terminado.
Los tres rieron y luego siguieron tomando mates y repasando la lista de cosas para no olvidar nada. Tenían todo lo que necesitarían para estar el resto del día y todo la noche en la isla.
Un rato después, cuando Lorena termino de cambiarse y encremarse el cuerpo con protector solar salieron en el auto de Pablo hacia la casa de Melina que ya había mandado mensajes de texto para ver que todos estuviesen despiertos.
Al llegar al departamento de Alem y San Luis la morocha esperaba en la entrada de su edificio con dos reposeras coloridas, una heladerita portátil y un enorme grabador. “Hace dos horas que estoy acá parada como una tarda. Pensé que no venían más”, se quejó Melina mientras metía las cosas en el baúl. Lorena le explico que se demoraron por su culpa. “No pasa nada, ahora apuremosno porque en un toque ya sale la lancha y sino vamos a tener que esperar media hora más para poder cruzar si perdemos esa”, dijo la morocha mientras se acomodaba entre Federico y Pedro.
Llegaron a la fluvial y la lancha que cruzaba gente hacia la isla ya estaba allí, a ellos le llamo la atención que no eran más que ellos cuatro y una dos chicas más que justo estaban subiendo a la lancha.
-Que raro que no haya nadie –dijo Pedro mientras se rascaba la cabeza.
-Seguro debe ser porque es re temprano –sentenció Lorena mientras lo miraba por el espejo retrovisor-, seguro en un rato, tipo dos horas más tarde, va cruzar más gente.
Melina abrió la puerta del 2006 y agrego:
-Y si no va nadie mejor para nosotros porque así tenemos la isla para nosotros solos.
-Si de una, tenes razón –dijeron todos y rieron.
Al momento de subir las cosas a la lancha Lorena se puso un poco pálida y su novio se dio cuenta de que ésta estaba aterrorizada, ya que meses atrás, le había confesado que le tenía pánico a los ríos porque no sabía nadar y siempre le causo terror la idea de morir ahogada. Pablo se acercó a ella, la abrazo y le dijo que se despreocupara, que todo estaría bien. Su novia lo miro, le hizo una mueca con los labios y luego dijo:
-Ya estamos acá así que otra cosa no puedo hacer.
Mientras la lancha se desplazaba Lorena miraba hipnotizada como la nariz de aquella se hacía paso entre la amarronada agua del Paraná. Realmente estaba muy atemorizada. El temor recorría sus huesos y se fundía en su sangre hasta llegar al corazón haciendo que éste se aceleré y que sintiera una leve sensación asfixia. Entre el ruido del motor y el agua le pareció escuchar que ésta le decía: “Te iras al fondo y te llenaremos hasta que tus pulmones exploten de tan cargados que estarán”. En ese momento se imaginó a ella misma hundiéndose como una pesada roca mientras se tragaba litros y litros de agua sucia. Se imaginó gritando auxilio en la profundidades y sin poder ver nada por la oscuridad. La sensación de falta de aire la perturbo nuevamente. Sacudió la cabeza y hablo con Melina para distraerse.
Cinco minutos después llegaron a la isla. Lorena al fin pudo respirar con normalidad, el alma le volvió al cuerpo y pudo sonreír.
Los varones armaron las carpas bajo unos sauces llorones y luego sacaron las cañas para pescar. Por su parte, las mujeres tiraron sus toallones sobre la arena y se acostaron para aprovechar al máximo del ardiente sol de Diciembre.
Alrededor de las cuatro de la tarde Melina y Lorena prepararon una ensalada de lechugas y tomates para acompañar los sándwiches. Los hombres comieron como cerdo mientras que ellas solo probaron la ensalada.
La tarde comenzaba a morir lentamente y a Melina le llamo la atención que solamente eran ellos cuatro en la isla ya que las otras dos chicas que habían cruzado con ellos ya se habían ido horas antes.
-Parece que vamos a ser nosotros nada mas –dijo Melina mientras miraba a la ciudad que tenía frente a ella.
-Así parece Meli –dijo Lorena con tono preocupado.
Federico que estaba sentado en la arena con el celular en la mano revisando su Facebook sintió la necesidad de animar a las chicas y dijo:
-Vean el lado positivo de la situación, no vamos a tener que preocuparnos por el volumen de la música y ni tenemos que aguantarnos de escuchar la música de los demás como el año pasado. ¿Se acuerdan de esos pibes?
-¿Cuáles? –preguntó Melina.
-Él se refiere a los tarados que escuchaban cumbia con los parlantes a full al lado nuestro con los que Leo se peleó.
-¡Ah sí! Como olvidarlo –dijo Melina mientras reía-, si un poco más lo matan al pobre Leo. El tan flaquito y el gordo que le pego casi lo mata…
-Si menos mal que nos metimos nosotros sino hoy estaríamos en el cementerio llorándolo al otro –dijo Pedro mientras se reía con la mirada en su celular.
-Si yo estaba acá mataba a uno –dijo Pablo.
-¡Cállate! Si vos no matas un mosquito –dijo Lorena mientras acariciaba a su novio.
Todos se rieron un momento y cuando acabaron, los hombres se dispusieron a buscar leña para hacer el asado.
A las nueve de la noche encendieron las primeras ramas que ardieron en cuestión de segundos. Una vez con las brasas ya listas y la carne salada, armaron una estaca con ramas y pusieron a cocinar el medio costillar de cordero. Cocinar esa carne llevaría al menos una hora. Para amenizar la espera Pablo preparo cuatro vasos de Fernet y puso música. Tomaron y hablaron de todo. Recordaron viejas anécdotas de infidelidad y algunas no tan viejas. “Yo a Franco lo cague tres veces, la última me descubrió porque me reviso el celular mientras me bañaba, sino nunca se enteraba porque los pibes no eran de acá de Rosario”, contó Melina sin sentimiento de culpa. Es más, se sentía orgullosa de lo que contaba.
Comieron alrededor de las diez y media. Todos comieron hasta no poder más y luego tomaron un poco de Gancia para bajar la comida. Estaban sentados alrededor de las brasas que aún se rehusaban a dejar de brillar.
En la isla había mucho silencio y se podía escuchar el ruido de los ñacurutú, esas aves parecidas a las lechuzas pero mucho más grande, que hacían un ruido aterrador acompañados por una sinfónica de grillos desesperados por cobrar protagonismo en la inmensidad de la oscuridad isleña.
Cuando las brasas comenzaron a apagarse de a poco Pablo se comedio para ir a buscar un poco de leñas para reavivar la fogata.
Federico y Pedro se ofrecieron para ayudar a Pablo, pero las dos mujeres instantáneamente a coro pidieron que sólo vaya uno.
-¡No sean guachos, no nos van a dejar solas acá! –dijo Melina mientras miraba a los costados.
Federico se quedó con las chicas y los otros dos se adentraron en la espesa oscuridad con una insulsa linterna. Al cabo de un rato volvió Pablo con unos cuantos pedazos de ramas bien secas.
-¿Y Pedro? -preguntaron con preocupación las dos mujeres.
-Me dijo que tenía ganas de ir al baño –explicó Pablo al tiempo llevaba sus hombres hacia adelante.
Federico tomo unas ramas y las puso sobre las brasas mientras era observado en silencio por las dos mujeres y Pablo. Un segundo después se escuchó un fuerte grito que provenía del fondo de la isla. Justo donde había dejado Pablo al otro muchacho unos minutos atrás. Todos se exaltaron y arquearon sus ojos con sus cuerpos inmovilizados.
-¡La puta madre! –exclamó Lorena-
Todos se pudieron de pie y miraron para todos lados. Pablo trato de tranquilizar a las chicas y les dijo que seguro era una broma pesada de Pedro y que iba a ir a buscarlo.
-No Pablo tengo miedo… no vayas –dijo Lorena mientras tomaba del brazo a su novio.
-Pero tengo que ir, mira si le paso algo, si se cayó en un poso o no se tartamudeó-, tengo que ir.
Casi sin miedo y a la espera de que solo haya sido una broma de Pedro, que aunque lo conocía muy poco, sabía por boca de Lorena que era de hacer bromas pesadas.
La linterna irrumpió en la oscuridad y con pasos lentos pero firmes paso hizo más de cien metros hasta desaparecer de la vista de los demás.
Melina estaba abrazada de Federico mientras miraba como lentamente la isla se devoraba al novio de su amiga. Se produjo un escalofriante silencio. Esta vez no se hoyo ni el ruido de un grillo. El viento soplaba lentamente.
Pablo piso con sus ojotas una rama seca que crujió fuertemente y lo exalto un poco. “Rama de mierda”, dijo mientras la iluminaba con su linterna.
-¡Pedro! ¿Dónde estás che? –gritó lo más fuerte que pudo.
Silencio y luego unos cuantos ruidos de pájaros. Le pareció que estaban cerca o más precisamente sobre el por lo que apunto con su linterna hacia arriba. Sólo vio las hojas de los árboles.
-Pedro dale la puta que te parió, ya no causa gracia, Salí y deja de joder. Las chicas están asustados boludo –dijo Pablo a los gritos.
Su voz retumbo en los troncos de los árboles y luego se esfumo en el viento.
Avanzó unos cuantos metros más dando pasos lentos y cuidadosos. De repente sintió que algo toco su pie izquierdo. Grito fuertemente y alumbro el piso. Pudo ver una víbora que se alejaba justo frente a sus ojos. Respiro y se quedó parado. Saco el celular para mandarle un mensaje a los demás para que lo ayuden a buscar al desaparecido, pero desafortunadamente su celular se había quedado sin batería. “Que imbécil que soy”, pensó mientras guardaba el aparato en el bolsillo de su pantalón. Decidió que era mejor regresar así que volvió sobre sus pasos. En un momento escucho un ruido que provenía de entre un matorral que estaba a su derecha. Alumbro con su linterna. No vio nada por lo que decidió acercarse un poco. Corrió las ramas con su mano izquierda y se le congelo la sangre cuando vio el cuerpo de Pedro que colgaba de ese Sauce mientras una catarata de sangre emanaba de su cuello. Lo primero que se le cruzó por la mente fue correr. Lo hizo. Se lanzó a toda prisa pero no llego muy lejos. En una mala jugada del destino piso un pedazo de hueso y se resbaló. La caída fue muy fuerte por lo que se cortó las rodillas y la parte de abajo del mentón, además de los brazos y la cintura. La linterna voló unos metros más adelante por lo que se incorporó rápidamente y corrió a buscarla. Cuando se agacho buscarla escuchó un ruido así que levanto la mirada y solo vio unos borcegos negros y unos enormes ojos que lo miraban desde más allá.
-¿Quién carajo sos? –preguntó Pablo a ese que tenía en frente.
Con su linterna alumbro al hombre que estaba parado frente a su cara si decir nada. Era un hombre corpulento y de más de un metro noventa de estatura. Tenía un pasa montañas negro que solo dejaba al descubierto sus ojos, una camisa militar toda ensangrentada y en las manos guantes de cuero negro.
A Pablo no le quedaron dudas ese sujeto era quien mato a Pedro.
-¿Quién carajo sos hijo de puta? –preguntó a los gritos.
El hombre no dijo nada y llevo su mano derecha por detrás de su espalda y saco un cuchillo que brillo ante la luz de la linterna.
Pablo miro para atrás y se lanzó a correr nuevamente. Sintió los pasos de ese desconocido que venían detrás de él. Corrió lo más fuerte que pudo hasta que sintió como algo perforaba su espalda. Eso era el cuchillo que el hombre del pasamontañas le arrojo. Pablo se desplomo sobre el piso con la linterna en la mano. No quería soltarla. Se arrastró entre el pasto como queriendo huir. De pronto el hombre lo agarro de los tobillos y lo arrastro. Trato de sujetarse de lo que podía. Enterró sus uñas en el piso y grito.
Los gritos fueron oídos por Melina, Lorena y Federico que ahora ya estaban más asustados que antes. Lorena comenzó a gritar el nombre de su novio y Melina lloraba.
-¡Tenemos que ir a ver que paso! –gritaba enloquecidamente Lorena.
-No, no, no –exclamaba Melina que ya había entrado en un ataque de pánico.
Lorena la agarro y la abrazo mientras lloraban. En tanto Federico marco el 911. Sonó dos veces y como nadie atendía corto. Volvió a marcar pero ahora no salía la llamada. Se puso nervioso y se le cayó el celular en la arena. Cuando lo agarro volvió a marcar el 911 y sonó tres veces y luego dos más, pero nadie atendió.
-Lamentablemente no podemos transmitir la llamada en este momento, vuélvalo a intentar nuevamente más tardes… que tenga muy buenas noches y muchas gracias por utilizar Claro –dijo la amable y pasiva voz de la operadora.
Federico monto en cólera y arrojo el aparato contra el piso. Después agarró la linterna y un cuchillo de cocina no el de cortar la carne sino el que se usa para trozarla.
-Tenemos que ir a ver que paso –dijo mientras las dos mujeres lo miraban con sus ojos llenos de lágrimas.
Se armaron de coraje y con sus linternas y cuchillos en manos se arrojaron sin saberlo a las fauces del psicópata que estaba allí esperando por ellos en la profunda oscuridad de la noche isleña.
Hicieron el mismo recorrido que había hecho Pablo. La escena era casi exactamente la misma.
Caminaron un poco y gritaron unas cuantas veces los nombres de Pablo y Pedro sin respuesta alguna.
Federico iba al frente y cuando alumbro al piso vio rastros de sangre. No quiso decir nada para no alarmar a las chicas y solo atinó a decir: “La puta madre”. Cuando hicieron dos metros más Lorena vio los surcos que había hecho Pablo con sus uñas en el piso. La tierra levantada y a los bordes sangre. En ese momento comenzó a gritar desaforadamente. Melina no asusto mucho más de lo que ya estaba asustada y también vio los rastros. Siguieron las manchas de sangre que atravesaban por medio de un matorral espeso bajo al viejo Sauce.
Federico se ofreció para meterse ahí dentro.
-No nosotras también vamos con vos… no te vamos a dejar sólo –dijo Lorena entre lágrimas y agitación.
Él la miró y acepó implícitamente. Sólo basto una mirada para que los tres se entendieran.
Lorena corrió las hojas y las ramas como pudo y cuando hizo luz con su pesada linterna de metal vio el cuerpo de su novio y el de Pedro que colgaban de la rama más alta del árbol. Ambos estaban completamente desnudos y degollados y con sus viseras colgando. En ese momento se produjo un terremoto de emociones en su interior. Lanzo un descarnado grito que se oyó a varios cientos de metros. Sintió mucho miedo. Pero este era un miedo más fuerte que aquel que hasta entonces había sido su máximo miedo: morir ahogada. Morir con las vísceras colgando resultaba algo mucho más aterrador y humillante.
Los otros dos cuando vieron la macabra escena salieron corriendo cada uno por su lado. Ella se quedó allí sola con su linterna en mano y la inmediata compañía de los cadáveres que yacían allí a metros de ella. No supo que hacer. Le llevo unos segundos hasta poder gritarle a sus amigos que regresaran, sin embargo, estos no la escucharon.
Melina corrió en dirección norte y termino cayendo en un pozo. Se rompió una pierna. Un pedazo de su pierna rompía la carne por dentro y asomaba. El dolor fue tan fuerte que la desmayo. Unos minutos después cuando abrió los ojos se encontró desnuda y atada de pies y manos. Comenzó a gritar lo más fuerte que pudo. Cuando giro la cabeza vio gracias a la luz de la luna que Federico estaba allí al lado de ella. Él también estaba desnudo y atado.
-¡Fede! ¡Fede! –gritó una y otra vez.
Federico no respondió aunque los gritos de esa mujer eran tan fuertes que hasta lo podrían oír los más sordos. Melina lloraba desconsoladamente mientras sentía como si le clavaran clavos en la pierna. La herida estaba llena de tierra y todo tipo de hojas. Era consiente que esos eran los últimos minutos de su vida.
Después de más de media hora escucho unos pasos acercarse. Levanto la mirada y vio como una sombra negra se acercaba sigilosamente. Pidió auxilio desaforadamente sin saber que el que se acercaba no era más que el verdugo que la haría conocer la más extrema sensación de miedo, la esencia del miedo en sí misma.
-¡Por favor ayúdeme! –exclamó Melina.
El hombre encendió la linterna y la ilumino. Le apunto el rayo de luz directo a la cara. Melina desde el piso solo vio un cuerpo vestido con ropa al estilo militar y una cabeza negra. El hombre llevo lentamente la luz a su rostro. Melina vio que el tipo llevaba puesto un pasa montañas. Se horrorizo y grito. El monstruo le dio una patada en la cara que rompió su mandíbula y luego la colgó boca para abajo. Después repitió la misma operación con Federico que seguía sin reaccionar. Cuando termino con la preparación de los cuerpos los observo un instante y saco una cámara fotográfica de un bolsillo de la camisa y tomo algunas fotos. Luego se acercó lentamente al cuerpo de Melina. Acaricio sus blancas piernas y las recorrió con su dedo índice hasta llegar al ombligo. Se quedó unos segundo acariciándole alrededor del ombligo y luego lo beso. Melina no entendía nada de lo que estaba ocurriendo pues estaba casi inconsciente debido a la patada que recibió en su cara. Tenía la cara desfigurada. Un segundo después sintió como el cuchillo de su verdugo cortaba en forma horizontal su abdomen y luego este enterró más el cuchillo y metió prolijamente su mano izquierda dentro de la cavidad abdominal de Melina y dejo colgando sus tripas. Lo último que vio Melina antes de morir fueron sus tripas llenas de sangre frente a sus ojos.
La bestia observaba el cadáver de su víctima mientras se desangraba completamente y en ese momento se percató de que faltaba algo. Sólo faltaba un corte en el cuello para que quedara igual que los otros cuerpos.
Una vez que termino con su tercera pieza, es decir Melina, fue por la cuarta: Federico. El mismo procedimiento que con los demás.
Tomo algunas fotos desde distintos ángulos y se dio cuenta que para culminar su obra de arte le faltaba la otra chica.
La busco pero no logro dar con ella. Reviso bien entre los pastizales y no pudo encontrarla. En ese momento recordó que había dejado la canoa al otro lado de la Isla. Corrió hacia el sector norte. El bote estaba en su lugar. “No debe estar muy lejos entonces”, pensó el hombre del pasamontañas mientras apretaba sus manos.
Lorena estaba escondida arriba de un Sauce llorón. Se había camuflado entre las hojas. Se creía a salvo y pensaba que si lograba sobrevivir hasta que salga el sol la pesadilla terminaría como en las películas de terror que desde chica había visto. Sin embargo, no mucho tiempo después la bestia la encontró.
Cuando se dio cuenta el tipo estaba parado allí abajo con la linterna en una mano y el cuchillo en otra. Lorena no lo pensó y se tiro del árbol. Se puso de pie tan pronto pudo y corrió. Las hojas de las plantas de caña golpeaban su rostro y sus pies descansos se hundían en el camino de barro. No sentía nada más que miedo. Corrió sin gritar hasta que llego al otro lado de la isla. Vio un Seíbo que estaba bien sobre la orilla y cuyas ramas se extendían varios metros sobre el cuerpo del Paraná. Se quedó parada frente al árbol unos segundos mientras escuchaba los pasos de aquella bestia que había matado despiadadamente a su novio, a sus amigos y que ahora venía por ella. Reacciono casi instintivamente y trepo el árbol en un abrir y cerrar de ojos. Ni si quiera sintió cuando las espinas del árbol se enterraron en sus delicadas manos. En medio de la oscuridad vio solamente los ojos y supo que era él. Quería su vida, pero ella no estaba dispuesta a entregársela. Por un momento el miedo desapareció. Nunca jamás se había sentido tan valiente. En ese breve instante sintió como su corazón latía más rápido. El aire ingresaba y ensanchaba sus pulmones. Ahora pudo sentir las espinas del seibó que estaban dentro de las palmas de sus manos, sin embargo no sintió dolor.
Desde la rama más alta y alejada de la orilla se rió, y luego, sin dudarlo se arrojó a las profundas y oscuras aguas del Rio Paraná. Procuro que sus últimos pensamientos fueran los mejores momentos de su vida. Mientras se hundía en las profundidades y sin resistirse vio la cara de su madre, su padre, su hermana Florencia, su grupo de amigos y lo último que vio fue el rostro de su novio riéndose con ella. Lorena murió pocos segundos después de caer al agua. Morir así, era sin duda, mucho mejor que ser desollada viva.
El asesino no podía creerlo, acaba de perder el último acrílico que le faltaba para terminar de pintar su macabra obra, por lo que monto en cólera y grito fuertemente. Ya no había nada que pueda hacer, ahora sólo debía huir antes de que la policía llegase al lugar y al fin lo detuvieran. Podrían darle más años de cárcel de los que vivirá para cumplir si lo arrestaban y es que en su haber ya cargaba con quince asesinatos de similares características. Todos ellos cometidos durante los años 2008 y 2010.
Su única fe era esperar el momento oportuno para volver a atacar y poder redimirse con alguna otra obra más siniestra que la que acababa de dejar incompleta.
Cinco horas después de los asesinatos la policía rastreo el llamado y llegaron al lugar. El panorama que se encontraron era digno de una película de terror. Sin embargo, no era una escena preparada sino la más real de las realidades.
El cuerpo de Lorena fue encontrado la mañana del 2 de Diciembre de 2011 a cincuenta kilómetros de la isla Vladimir. La autopsia relevo que el motivo de la defunción fue un paro cardiorrespiratorio y que presentaba algunos cortes a nivel superficial en brazos, manos, piernas y pies.
Todos los jóvenes fueron sepultados en el cementerio Del Prado y la policía lleva más de cuatro años investigando el caso sin tener una sola pista contundente para llegar a dar con el autor de los crímenes del primero de diciembre de 2011. Ante esta situación, la sociedad hoy en día vive con mucho miedo ya que el “hombre del pasamontañas” puede aparecer cualquier noche oscura y destriparnos sin previo aviso.
