viernes, 14 de octubre de 2011

El hombre del pasamontañas



Sentados a la orilla del río cantaban y reían mientras la luz de la luna llena los iluminaba alrededor de esa casi ya extinta fogata. El grupo de amigos estaba constituido por dos mujeres y tres varones. Todos de edades que iban desde los 23 hasta los 25 años. Estaban festejando el fin de cursado y la llegada de las tan esperadas vacaciones de verano. Un año de espera no merecía más que un festejo tan efusivo como el que se llevó a cabo aquel primero de diciembre.
El día anterior a la fiesta habían pasado la noche en el departamento de Lorena jugando al truco y tomando cervezas. En el comedor eran más de diez personas. Todos amontonados pero disfrutando de la reunión.  
A las doce y media de la noche llego Pablo, un estudiante de medicina que salía con Lorena hace unos meses y con la confianza que lo caracterizaba se dirigió a la cocina, tomó un encendedor  y prendió un cigarrillo de marihuana. La primer pitada la saboreo lentamente unos cuantos segundos antes de dejar salir el humo por su monumental nariz. Luego volvió al comedor y mientras se servía un poco de cerveza ofreció el cigarrillo artesanalmente armado por sus propias manos. El flaco Federico le acepto una seca y después se lo paso a Patricia. Pablo no tardo en lanzar un “che déjenme un poco para mí, no sean guachos”. Todos se rieron y luego volvió cada uno a su rol. Los jugadores volvieron los ojos sobres sus cartas, las mujeres a sus celulares para cumplir el fatídico rol de guardia cárceles de sus parejas  y Pablo encarno el rol de un súper héroe cuya misión era salvar el cigarrillo. 
-Esta buenísima, es de la buena –dijo Federico-. ¿Dónde la compraste?
La espuma de la cerveza rozaba el borde del vaso trasparente y las burbujas se desprendían del fondo a toda velocidad como quien se está ahogando e intenta llegar lo más rápido posible a la superficie. Pablo bebió un trago de la helada y deliciosa cerveza cuya publicidad contaba con la espectacular actuación de una de las mujeres más googleadas del país. Su nombre era Luciana Salazar, más conocida como “Luli pop”,  infartante modelo-vedetonga que ahora incursionaba en el mundo de la música. Lujo que podía darse gracias a los increíbles avances de las máquinas de edición de sonido que ayudaban a corregir su no tan agraciada voz. 
-Se la compró al chino, un amigo que tiene buenos contactos, a él se la traen de Paraguay porque allá esta la posta –dijo Pablo mientras sonreía pícaramente-. Si queres después te paso el número y decile que lo llamas de parte mía, igual yo le aviso antes porque si no te va a decir que él no tiene nada que ver con eso por miedo a que sea una cama de la cana… viste como son estos tipos. 
Federico saco el celular  y agendo el número. Dejo a Pablo para ir detrás de un vaso de alcohol que paseaba de la mano de Melina. 
Alrededor de las cuatro de la madrugada, después de unas cuantas botellas, todos se reunieron alrededor de la mesa para arreglar la joda en la isla. Unos cuantos minutos más tarde quedaron que se encontrarían en casa de Melina ya que ésta vivía en frente a la isla Vladimir. La hora del encuentro: doce del mediodía. La única consigna: concurrir con muchas ganas de diversión. 
Lorena bajo a abrirle a Federico y Pedro que fueron los últimos en irse. Pablo se dirigió a la ducha.
El despertador sonó a las once de la mañana. Lorena fue la primera en despertarse. Se sentó en la cama y bostezo mientras llamaba a su novio. Le acariciaba el pelo. “Pablo son las once, dale despertate así desayunamos algo”. Él agarro la almohada y se la puso en la cabeza mientras protestaba y decía: “Diez minutos más gorda, diez más”. Lorena balbuceo un irresuelto insulto y se fue a la cocina para preparar el desayuno. Tostadas y mate algo rico y práctico para ella que era una mujer extremadamente vaga. 
Una rubia voluptuosa se acercaba a Pablo caminado sobre esos tacos de acrílico y cuando en frente de él, lo besaba apasionadamente y le decía que siempre le gusto y moría por hacer lo que ahora estaba haciendo. Él se sentía en la cresta de la ola y con sus fuertes brazos la abrazaba y la miraba obnubilado. Esa chica le gusto desde el primer día que la vio baldeando la vereda. Se llamaba Flavia, pero él y sus amigos la llamaban la pechocha por sus grandes delanteras. Pablo acariciaba lentamente la cintura de la versión rosarina de Pamela Anderson y cada tanto dibujabas algunos círculos mientras ella lo besaba. Estaba a segundos de conseguir lo que siempre había soñado. Sin embargo, estaba ocurriendo lo que el tanto temía. Allí en su parte  más masculina no pasaba nada. Siempre le había aterrorizado que algo así le sucediera. Había leído en Internet que era normal cuando un hombre se pone nervioso o pasa por una situación traumática, pero nada de eso lo hacía menos aterrador. Comenzó a desesperarse y querer gritar pero no podía hacerlo ya que ni su voz le respondía, entonces, cuando pensó que enloquecería despertó y frente a él estaba su novia que lo miraba preocupada. 
-¿Con quién carajo soñabas pendejo?
Pablo miro al techo y suspiro. Agradeció a Dios el hecho de que solo había sido una temible pesadilla y luego contestó: “Primero con vos mi amor, pero después tuve un sueño horrible que mejor ni te cuento porque dicen que si contas una pesadilla se hace realidad y me da miedo”. Apenas termino de dibujar su mentira abrazo a Lorena y quiso probarse a sí mismo que seguía funcionado como siempre y efectivamente sólo se había tratado de una estúpida pesadilla. Hicieron el amor. Para sentirse más seguro necesito una segunda vuelta. 
A las doce sonó el timbre. Eran Federico y Pedro. 
Esta vez bajo a recibir a la gente Pablo mientras Lorena terminaba de ducharse. Cuando ésta salió del baño los muchachos ya estaban sentados en el comedor tomando mates. Saludo y se terminó de cambiar en la habitación. 
-Llegamos en mal momento parece, perdón si cortamos el chorro –dijo Pedro. 
-No pasa nada ya habíamos terminado. 
Los tres rieron y luego siguieron tomando mates y repasando la lista de cosas para no olvidar nada. Tenían todo lo que necesitarían para estar el resto del día y todo la noche en la isla. 
Un rato después, cuando Lorena termino de cambiarse y encremarse el cuerpo con protector solar salieron en el auto de Pablo hacia la casa de Melina que ya había mandado mensajes de texto para ver que todos estuviesen despiertos. 
Al llegar al departamento de Alem y San Luis la morocha esperaba en la entrada de su edificio con dos reposeras coloridas, una heladerita portátil y un enorme grabador. “Hace dos horas que estoy acá parada como una tarda. Pensé que no venían más”, se quejó Melina mientras metía las cosas en el baúl. Lorena le explico que se demoraron por su culpa. “No pasa nada, ahora apuremosno porque en un toque ya sale la lancha y sino vamos a tener que esperar media hora más para poder cruzar si perdemos esa”, dijo la morocha mientras se acomodaba entre Federico y Pedro. 
Llegaron a la fluvial y la lancha que cruzaba gente hacia la isla ya estaba allí, a ellos le llamo la atención que no eran más que ellos cuatro y una dos chicas más que justo estaban subiendo a la lancha. 
-Que raro que no haya nadie –dijo Pedro mientras se rascaba la cabeza.
-Seguro debe ser porque es re temprano –sentenció Lorena mientras lo miraba por el espejo retrovisor-, seguro en un rato, tipo dos horas más tarde,  va cruzar más gente. 
Melina abrió la puerta del 2006 y agrego: 
-Y si no va nadie mejor para nosotros porque así tenemos la isla para nosotros solos. 
-Si de una, tenes razón –dijeron todos y rieron.  
Al momento de subir las cosas a la lancha Lorena se puso un poco pálida y su novio se dio cuenta de que ésta estaba aterrorizada, ya que meses atrás, le había confesado que le tenía pánico a los ríos porque no sabía nadar y siempre le causo terror la idea de morir ahogada. Pablo se acercó a ella, la abrazo y le dijo que se despreocupara, que todo estaría bien. Su novia lo miro, le hizo una mueca con los labios y luego dijo: 
-Ya estamos acá así que otra cosa no puedo hacer. 
Mientras la lancha se desplazaba Lorena miraba hipnotizada como la nariz de aquella se hacía paso entre la amarronada agua del Paraná. Realmente estaba muy atemorizada. El temor recorría sus huesos y se fundía en su sangre hasta llegar al corazón haciendo que éste se aceleré y que sintiera una leve sensación asfixia. Entre el ruido del motor y el agua le pareció escuchar que ésta le decía: “Te iras al fondo y te llenaremos hasta que tus pulmones exploten de tan cargados que estarán”. En ese momento se imaginó a ella misma hundiéndose como una pesada roca mientras se tragaba litros y litros de agua sucia. Se imaginó gritando auxilio en la profundidades y sin poder ver nada por la oscuridad.  La sensación de falta de aire la perturbo nuevamente. Sacudió la cabeza y hablo con Melina para distraerse. 
Cinco minutos después llegaron a la isla. Lorena al fin pudo respirar con normalidad, el alma le volvió al cuerpo y pudo sonreír. 
Los varones armaron las carpas bajo unos sauces llorones y luego sacaron las cañas para pescar. Por su parte, las mujeres tiraron sus toallones sobre la arena y se acostaron para aprovechar al máximo del ardiente sol de Diciembre. 
Alrededor de las cuatro de la tarde Melina y Lorena prepararon una ensalada de lechugas y tomates para acompañar los sándwiches. Los hombres comieron como cerdo mientras que ellas solo probaron la ensalada. 
La tarde comenzaba a morir lentamente y a Melina le llamo la atención  que solamente eran ellos cuatro en la isla ya que las otras dos chicas que habían cruzado con ellos ya se habían ido horas antes. 
-Parece que vamos a ser nosotros nada mas –dijo Melina mientras miraba a la ciudad que tenía frente a ella. 
-Así parece Meli –dijo Lorena con tono preocupado. 
Federico que estaba sentado en la arena con el celular en la mano revisando su Facebook sintió la necesidad de animar a las chicas y dijo:
-Vean el lado positivo de la situación, no vamos a tener que preocuparnos por el volumen de la música y ni tenemos que aguantarnos de escuchar la música de los demás como el año pasado. ¿Se acuerdan de esos pibes?
-¿Cuáles? –preguntó Melina.
-Él se refiere a los tarados que escuchaban cumbia con los parlantes a full al lado nuestro con los que Leo se peleó.
-¡Ah sí! Como olvidarlo –dijo Melina mientras reía-, si un poco más lo matan al pobre Leo. El tan flaquito y el gordo que le pego casi lo mata…
-Si menos mal que nos metimos nosotros sino hoy estaríamos en el cementerio llorándolo al otro –dijo Pedro mientras se reía con la mirada en su celular.  
-Si yo estaba acá mataba a uno –dijo Pablo.
-¡Cállate! Si vos no matas un mosquito –dijo Lorena mientras acariciaba a su novio. 
Todos se rieron un momento y cuando acabaron, los hombres se dispusieron a buscar leña para hacer el asado. 
A las nueve de la noche encendieron las primeras ramas que ardieron en cuestión de segundos. Una vez con las brasas ya listas y la carne salada, armaron una estaca con ramas y pusieron a cocinar el medio costillar de cordero. Cocinar esa carne llevaría al menos una hora. Para amenizar la espera Pablo preparo cuatro vasos de Fernet y puso música. Tomaron y hablaron de todo. Recordaron viejas anécdotas de infidelidad y algunas no tan viejas. “Yo a Franco lo cague tres veces, la última me descubrió porque me reviso el celular mientras me bañaba, sino nunca se enteraba porque los pibes no eran de acá de Rosario”, contó Melina sin sentimiento de culpa. Es más, se sentía orgullosa de lo que contaba. 
Comieron alrededor de las diez y media. Todos comieron hasta no poder más y luego tomaron un poco de Gancia para bajar la comida. Estaban sentados alrededor de las brasas que aún se rehusaban a dejar de brillar. 
En la isla había mucho silencio y se podía escuchar el ruido de los ñacurutú, esas aves parecidas a las lechuzas pero mucho más grande, que hacían un ruido aterrador acompañados por una sinfónica de grillos desesperados por cobrar protagonismo en la inmensidad de la oscuridad isleña. 
Cuando las brasas comenzaron a apagarse de a poco Pablo se comedio para ir a buscar un poco de leñas para reavivar la fogata. 
Federico y Pedro se ofrecieron para ayudar a Pablo, pero las dos mujeres instantáneamente a coro pidieron que sólo vaya uno. 
-¡No sean guachos, no nos van a dejar solas acá! –dijo Melina mientras miraba a los costados. 
Federico se quedó con las chicas y los otros dos se adentraron en la espesa oscuridad con una insulsa linterna. Al cabo de un rato volvió Pablo con unos cuantos pedazos de ramas bien secas. 
-¿Y Pedro? -preguntaron con preocupación las dos mujeres.
-Me dijo que tenía ganas de ir al baño –explicó Pablo al tiempo llevaba sus hombres hacia adelante. 
Federico tomo unas ramas y las puso sobre las brasas mientras era observado en silencio por las dos mujeres y Pablo. Un segundo después se escuchó un fuerte grito que provenía del fondo de la isla. Justo donde había dejado Pablo al otro muchacho unos minutos atrás. Todos se exaltaron y arquearon sus ojos con sus cuerpos inmovilizados. 
-¡La puta madre! –exclamó Lorena-
Todos se pudieron de pie y miraron para todos lados. Pablo trato de tranquilizar a las chicas y les dijo que seguro era una broma pesada de Pedro y que iba a ir a buscarlo. 
-No Pablo tengo miedo… no vayas –dijo Lorena mientras tomaba del brazo a su novio. 
-Pero tengo que ir, mira si le paso algo, si se cayó en un poso o no se tartamudeó-, tengo que ir. 
Casi sin miedo y a la espera de que solo haya sido una broma de Pedro, que aunque lo conocía muy poco, sabía por boca de Lorena que era de hacer bromas pesadas.
La linterna irrumpió en la oscuridad y con pasos lentos pero firmes paso hizo más de cien metros hasta desaparecer de la vista de los demás. 
Melina estaba abrazada de Federico mientras miraba como lentamente la isla se devoraba al novio de su amiga. Se produjo un escalofriante silencio. Esta vez no se hoyo ni el ruido de un grillo. El viento soplaba lentamente. 
Pablo piso con sus ojotas una rama seca que crujió fuertemente y lo exalto un poco. “Rama de mierda”, dijo mientras la iluminaba con su linterna. 
-¡Pedro! ¿Dónde estás che? –gritó lo más fuerte que pudo. 
Silencio y luego unos cuantos ruidos de pájaros. Le pareció que estaban cerca o más precisamente sobre el por lo que apunto con su linterna hacia arriba. Sólo vio las hojas de los árboles.
-Pedro dale la puta que te parió, ya no causa gracia, Salí y deja de joder. Las chicas están asustados boludo –dijo Pablo a los gritos.
Su voz retumbo en los troncos de los árboles y luego se esfumo en el viento. 
Avanzó unos cuantos metros más dando pasos lentos y cuidadosos. De repente sintió que algo toco su pie izquierdo. Grito fuertemente y alumbro el piso. Pudo ver una víbora que se alejaba justo frente a sus ojos. Respiro y se quedó parado. Saco el celular para mandarle un mensaje a los demás para que lo ayuden a buscar al desaparecido, pero desafortunadamente su celular se había quedado sin  batería. “Que imbécil que soy”, pensó mientras guardaba el aparato en el bolsillo de su pantalón. Decidió que era mejor regresar así que volvió sobre sus pasos.  En un momento escucho un ruido que provenía de entre un matorral que estaba a su derecha. Alumbro con su linterna. No vio nada por lo que decidió acercarse un poco. Corrió las ramas con su mano izquierda y se le congelo la sangre cuando vio el cuerpo de Pedro que colgaba de ese Sauce mientras una catarata de sangre emanaba de su cuello. Lo primero que se le cruzó por la mente fue correr. Lo hizo. Se lanzó a toda prisa pero no llego muy lejos. En una mala jugada del destino piso un pedazo de hueso y se resbaló. La caída fue muy fuerte por lo que se cortó las rodillas y la parte de abajo del mentón, además de los brazos y la cintura. La linterna voló unos metros más adelante por lo que se incorporó rápidamente y corrió a buscarla. Cuando se agacho buscarla escuchó un ruido así que levanto la mirada y solo vio unos borcegos negros y unos enormes ojos que lo miraban desde más allá. 
-¿Quién carajo sos? –preguntó Pablo a ese que tenía en frente. 
Con su linterna alumbro al hombre que estaba parado frente a su cara si decir nada. Era un hombre corpulento y de más de un metro noventa de estatura. Tenía un pasa montañas negro que solo dejaba al descubierto sus ojos, una camisa militar toda ensangrentada y en las manos guantes de cuero negro. 
A Pablo no le quedaron dudas ese sujeto era quien mato a Pedro.
-¿Quién carajo sos hijo de puta? –preguntó a los gritos.
El hombre no dijo nada y llevo su mano derecha por detrás de su espalda y saco un cuchillo que brillo ante la luz de la linterna.  
Pablo miro para atrás y se lanzó a correr nuevamente. Sintió los pasos de ese desconocido que venían detrás de él. Corrió lo más fuerte que pudo hasta que sintió como algo perforaba su espalda. Eso era el cuchillo que el hombre del pasamontañas le arrojo. Pablo se desplomo sobre el piso con la linterna en la mano. No quería soltarla. Se arrastró entre el pasto como queriendo huir. De pronto el hombre lo agarro de los tobillos y lo arrastro. Trato de sujetarse de lo que podía. Enterró sus uñas en el piso y grito.
Los gritos fueron oídos por Melina, Lorena y Federico que ahora ya estaban más asustados que antes. Lorena comenzó a gritar el nombre de su novio y Melina lloraba. 
-¡Tenemos que ir a ver que paso! –gritaba enloquecidamente Lorena.
-No, no, no –exclamaba Melina que ya había entrado en un ataque de pánico.
Lorena la agarro y la abrazo mientras lloraban. En tanto Federico marco el 911. Sonó dos veces y como nadie atendía corto. Volvió a marcar pero ahora no salía la llamada. Se puso nervioso y se le cayó el celular en la arena. Cuando lo agarro volvió a marcar el 911 y sonó tres veces y luego dos más, pero nadie atendió. 
-Lamentablemente no podemos transmitir la llamada en este momento, vuélvalo a intentar nuevamente más tardes… que tenga muy buenas noches y muchas gracias por utilizar Claro –dijo la amable y pasiva voz de la operadora. 
Federico monto en cólera y arrojo el aparato contra el piso. Después agarró la linterna y un cuchillo de cocina no el de cortar la carne sino el que se usa para trozarla. 
-Tenemos que ir a ver que paso –dijo mientras las dos mujeres lo miraban con sus ojos llenos de lágrimas. 
Se armaron de coraje y con sus linternas y cuchillos en manos se arrojaron sin saberlo a las fauces del psicópata que estaba allí esperando por ellos en la profunda oscuridad de la noche isleña. 
Hicieron el mismo recorrido que había hecho Pablo. La escena era casi exactamente la misma. 
Caminaron un poco y gritaron unas cuantas veces los nombres de Pablo y Pedro sin respuesta alguna. 
Federico iba al frente y cuando alumbro al piso vio rastros de sangre. No quiso decir nada para no alarmar a las chicas y solo atinó a decir: “La puta madre”. Cuando hicieron dos metros más Lorena vio los surcos que había hecho Pablo con sus uñas en el piso. La tierra levantada y a los bordes sangre. En ese momento comenzó a gritar desaforadamente. Melina no asusto mucho más de lo que ya estaba asustada y también vio los rastros. Siguieron las manchas de sangre que atravesaban por medio de un matorral espeso bajo al viejo Sauce. 
Federico se ofreció para meterse ahí dentro. 
-No nosotras también vamos con vos… no te vamos a dejar sólo –dijo Lorena entre lágrimas y agitación. 
Él la miró y acepó implícitamente. Sólo basto una mirada para que los tres se entendieran. 
Lorena corrió las hojas y las ramas como pudo y cuando hizo luz con su pesada linterna de metal vio el cuerpo de su novio y el de Pedro que colgaban de la rama más alta del árbol. Ambos estaban completamente desnudos y degollados y con sus viseras colgando. En ese momento se produjo un terremoto de emociones en su interior. Lanzo un descarnado grito que se oyó a varios cientos de metros. Sintió mucho miedo. Pero este era un miedo más fuerte que aquel que hasta entonces había sido su máximo miedo: morir ahogada. Morir con las vísceras colgando resultaba algo mucho más aterrador y humillante. 
Los otros dos cuando vieron la macabra escena salieron corriendo cada uno por su lado. Ella se quedó allí sola con su linterna en mano y la inmediata compañía de los cadáveres que yacían allí a metros de ella. No supo que hacer. Le llevo unos segundos hasta poder gritarle a sus amigos que regresaran, sin embargo, estos no la escucharon. 
Melina corrió en dirección norte y termino cayendo en un pozo. Se rompió una pierna. Un pedazo de su pierna rompía la carne por dentro y asomaba. El dolor fue tan fuerte que la desmayo. Unos minutos después cuando abrió los ojos se encontró desnuda y atada de pies y manos. Comenzó a gritar lo más fuerte que pudo. Cuando giro la cabeza vio gracias a la luz de la luna que Federico estaba allí al lado de ella. Él también estaba desnudo y atado. 
-¡Fede! ¡Fede! –gritó una y otra vez.
Federico no respondió aunque los gritos de esa mujer eran tan fuertes que hasta lo podrían oír los más sordos. Melina lloraba desconsoladamente mientras sentía como si le clavaran clavos en la pierna. La herida estaba llena de tierra y todo tipo de hojas. Era consiente que esos eran los últimos minutos de su vida. 
Después de más de media hora escucho unos pasos acercarse. Levanto la mirada y vio como una sombra negra se acercaba sigilosamente. Pidió auxilio desaforadamente sin saber que el que se acercaba no era más que el verdugo que la haría conocer la más extrema sensación de miedo, la esencia del miedo en sí misma. 
-¡Por favor ayúdeme! –exclamó Melina. 
El hombre encendió la linterna y la ilumino. Le apunto el rayo de luz directo a la cara. Melina desde el piso solo vio un cuerpo vestido con ropa al estilo militar y una cabeza negra. El hombre llevo lentamente la luz a su rostro. Melina vio que el tipo llevaba puesto un pasa montañas. Se horrorizo y grito. El monstruo le dio una patada en la cara que rompió su mandíbula y luego la colgó boca para abajo. Después repitió la misma operación con Federico que seguía sin reaccionar. Cuando termino con la preparación de los cuerpos los observo un instante y saco una cámara fotográfica de un bolsillo de la camisa y tomo algunas fotos. Luego se acercó lentamente al cuerpo de Melina. Acaricio sus blancas piernas y las recorrió con su dedo índice hasta llegar al ombligo. Se quedó unos segundo acariciándole alrededor del ombligo y luego lo beso. Melina no entendía nada de lo que estaba ocurriendo pues estaba casi inconsciente debido a la patada que recibió en su cara. Tenía la cara desfigurada. Un segundo después sintió como el cuchillo de su verdugo cortaba en forma horizontal su abdomen y luego este enterró más el cuchillo y metió prolijamente su mano izquierda dentro de la cavidad abdominal de Melina y dejo colgando sus tripas. Lo último que vio Melina antes de morir fueron sus tripas llenas de sangre frente a sus ojos. 
La bestia observaba el cadáver de su víctima mientras se desangraba completamente y en ese momento se percató de que faltaba algo. Sólo faltaba un corte en el cuello para que quedara igual que los otros cuerpos. 
Una vez que termino con su tercera pieza, es decir Melina, fue por la cuarta: Federico. El mismo procedimiento que con los demás. 
Tomo algunas fotos desde distintos ángulos y se dio cuenta que para culminar su obra de arte le faltaba la otra chica. 
La busco pero no logro dar con ella. Reviso bien entre los pastizales y no pudo encontrarla. En ese momento recordó que había dejado la canoa al otro lado de la Isla. Corrió hacia el sector norte. El bote estaba en su lugar. “No debe estar muy lejos entonces”, pensó el hombre del pasamontañas mientras apretaba sus manos. 
Lorena estaba escondida arriba de un Sauce llorón. Se había camuflado entre las hojas. Se creía a salvo y pensaba que si lograba sobrevivir hasta que salga el sol la pesadilla terminaría como en las películas de terror que desde chica había visto. Sin embargo, no mucho tiempo después la bestia la encontró. 
Cuando se dio cuenta el tipo estaba parado allí abajo con la linterna en una mano y el cuchillo en otra. Lorena no lo pensó y se tiro del árbol. Se puso de pie tan pronto pudo y corrió. Las hojas de las plantas de caña golpeaban su rostro y sus pies descansos se hundían en el camino de barro. No sentía nada más que miedo. Corrió sin gritar hasta que llego al otro lado de la isla. Vio un Seíbo que estaba bien sobre la orilla y cuyas ramas se extendían varios metros sobre el cuerpo del Paraná.  Se quedó parada frente al árbol unos segundos mientras escuchaba los pasos de aquella bestia que había matado despiadadamente a su novio, a sus amigos y que ahora venía por ella. Reacciono casi instintivamente y trepo el árbol en un abrir y cerrar de ojos. Ni si quiera sintió cuando las espinas del árbol se enterraron en sus delicadas manos. En medio de la oscuridad vio solamente los ojos y supo que era él. Quería su vida, pero ella no estaba dispuesta a entregársela. Por un momento el miedo desapareció. Nunca jamás se había sentido tan valiente. En ese breve instante sintió como su corazón latía más rápido. El aire ingresaba y ensanchaba sus pulmones. Ahora pudo sentir las espinas del seibó que estaban dentro de las palmas de sus manos, sin embargo no sintió dolor. 
Desde la rama más alta y alejada de la orilla se rió, y luego, sin dudarlo se arrojó a las profundas y oscuras aguas del Rio Paraná. Procuro que sus últimos pensamientos fueran los mejores momentos de su vida. Mientras se hundía en las profundidades y sin resistirse vio la cara de su madre, su padre, su hermana Florencia, su grupo de amigos y lo último que vio fue el rostro de su novio riéndose con ella.  Lorena murió pocos segundos después de caer al agua. Morir así, era sin duda, mucho mejor que ser desollada viva.  
El asesino no podía creerlo, acaba de perder el último acrílico que le faltaba para terminar de pintar su macabra obra, por lo que monto en cólera y grito fuertemente. Ya no había nada que pueda hacer, ahora sólo debía huir antes de que la policía llegase al lugar y al fin lo detuvieran. Podrían darle más años de cárcel de los que vivirá para cumplir si lo arrestaban y es que en su haber ya cargaba con quince asesinatos de similares características. Todos ellos cometidos durante los años 2008 y 2010. 
Su única fe era esperar el momento oportuno para volver a atacar y poder redimirse con alguna otra obra más siniestra que la que acababa de dejar incompleta. 
Cinco horas después de los asesinatos la policía rastreo el llamado y llegaron al lugar. El panorama que se encontraron era digno de una película de terror. Sin embargo, no era una escena preparada sino la más real de las realidades. 
El cuerpo de Lorena fue encontrado la mañana del 2 de Diciembre de 2011 a cincuenta kilómetros de la isla Vladimir. La autopsia relevo que el motivo de la defunción fue un paro cardiorrespiratorio y que presentaba algunos cortes a nivel superficial en brazos, manos, piernas y pies.
Todos los jóvenes fueron sepultados en el cementerio Del Prado y  la policía lleva más de cuatro años investigando el caso sin tener una sola pista contundente para llegar a dar con el autor de los crímenes del primero de diciembre de 2011. Ante esta situación, la sociedad hoy en día vive con mucho miedo ya que el “hombre del pasamontañas” puede aparecer cualquier noche oscura y destriparnos sin previo aviso. 

jueves, 13 de octubre de 2011

La rosa del desierto - Segunda Parte


El coche paso por Rosa a la hora pactada, ni un minuto más ni uno menos. Un Mercedes negro con los vidrios polarizados. La ventanilla se bajo y desde la oscuridad del coche una voz de tenor preguntó: “¿Es usted Rosa?”.
-Si, soy yo.. ¿Usted?… 
-Soy el chofer que la llevara hasta el Farid -Dijo el hombre del impecable traje color azul  y luego dibujo una sobria sonrisa.
El chofer que no tenía más de treinta años, en un acto de caballerosidad, algo de lo que Rosa estaba desacostumbrada por venir de un país donde tales gestos habían quedado sepultados por el devenir del desinterés despiadado por los demás,  abrió la puerta del coche e invito a subir a la mujer que lo miraba casi enonadada. 
El Mercedes se desplazo a más de 80 kilómetros por hora sobre la avenida Al Walst. Las luces impactaban de lleno sobre el vidrio y lo recorrían rápidamente para luego acabar perdiéndose en el negro asfalto. Acostumbrada al constante asedio comunicativo que ejercen los taxistas en cualquier parte de la Argentina, se sorprendió ante la falta de interés en establecer una conversación por parte del chofer. Rosa no sabia que hacer, no sabia si era una costumbre del lugar o simplemente el caballero no tenia ganas de hablar. Dudo unos segundos y luego le pregunto en cuanto tiempo estarían en el restaurante y él le comento que en unos 5 minutos más o menos. Rosa atisbo una disimulada mueca  y continuo mirando por la ventanilla. Era evidente que aquel hombre no tenia ganas de entablar una conversación.
Al llegar al lugar el chofer bajo y le abrió la puerta. En la entrada del iluminado restaurante de paredes de vidrio la recibió una joven mujer y la condujo hasta la entrada. En la recepción un muchacho le preguntó si tenía reservas a lo que ella le contesto que la aguardaban un grupo de mujeres, entonces, antes de que termine de comentar esto, él joven recepcionista la condujo por unas escaleras al segundo piso. Allí, efectivamente estaba el grupo de mujeres alborotadas charlando entre si. 
-Que placer tenerte entre nosotras, ven siéntate aquí -dijo Marlene mientras indicaba la silla a la izquierda de ella- en un rato llega el primer plato, pero mientras tanto puedes ir probando un poco de esto. 
- ¿Qué es esto? - preguntó rosa mientras observaba su plato.- Esto es Shawarma, un plato típico de aquí…
Rosa tomó el tenedor y con un sutil corte probó el Shawarma. 
-¡Sabroso! -sentenció ante la mirada de las mujeres que parecían aguardar su sentenciaLuego, llego el plato principal y después disfrutaron de un delicioso vino iraní en la sobremesa.
Beber alcohol en medio oriente puede llevarte a la cárcel si eres musulmán, pero si eres turistas puedes tomar el alcohol que quieras. Eso fue lo que le contó Lauren. “Pueden beber cuanto quieran“, agrego Presley. Rosa siempre moderada sólo bebió dos copas.
Alrededor de las doce de la noche todas las mujeres salieron del local para subirse a una trafic plateada que aguardaba en la entrada. 
-Ahora iremos a Wafi Pyramids, que es una de las discotecas más populares de aquí -informó Marlene y agregó: “La gente es muy agradable, además, hay muy buena música”. 
Las mujeres murmuraban extasiadas y subieron al rodado de un brinco. La más joven del grupo (una italiana) agitaba a las demás. “¡Música por favor, música!”, exclamaba a los gritos sin la más minima cuota de ubicación. A Rosa le pareció que la muchacha había tomado demasiado y por un instante sintió muchas ganas de golpearla en la cabeza para que se callara ya que sus gritos perforaban sus tímpanos haciéndole temblar hasta el cerebelo. Sin embargo, no lo hizo y opto por la paciencia. “Estoy en Dubai, debo relajarme y disfrutar de esta noche”, pensó. El chofer respondió a los gritos de las mujeres y puso música elcotroarabe y éstas se sacudieron locamente dentro de esa estrecha trafic.
Rosa reía contagiada de la excitación de sus compañeras de viaje, pero no se movió ni medio centímetro de su acolchonado asiento. Por su parte, las guías turísticas hacían palmas discretamente. Se vivió un verdadero clima de jolgorio en ese automóvil. Después de unos minutos, y unos cuantos semáforos, al fin llegaron a la discoteca. Una cola de gente aguardaba para entrar.Las mujeres se maravillaron ante tanta modernidad. En la entrada palmeras y unos metros mas delante de ellas una puerta  dorada.
“Como verán son cuatro pisos de pura diversión”, comento Marlene. Lo que más llamo la atención de las turistas era que cada piso rotaba en sentido contrario al de arriba y cambiaban de color sus paredes. Rosa desfilo por esa alfombra roja vallada y se sintió en la entrega de los Oscars. 
La mujer más gorda del grupo se detuvo a coquetear con el gigante encargado de la seguridad y éste la tomo por el brazo obligándola a entrar. La gorda reía como si nada. Rosa no pudo evitar pensar “que mujer tan idiota”. Al ingresar caminaron por un pasillo oscuro con luces rosas en piso que conducía a una escalera, también iluminada con pequeñas luces del mismo color. Marlen corrió la cortina bordo con sus flacuchentos brazos y se enfrentaron a una enorme pecera con mujeres y hombres desnudos nadando en ella. Rosa quedó maravillada. No por el hecho de ver gente desnuda dentro de una pecera, porque ya había visto algo así en Las Vegas el año anterior, pero lo que la impresiono fue como estaban pintados en colores fluorescentes. Luego, hicieron unos cuantos metros más por ese estrecho pasillo de luz tenue y llegaron a la pista. Ésta estaba desbordada de gente. La mayoría eran turistas, aunque se podía ver un que otro musulmán, si se observaba muy detenidamente. “Los reconoces rápido por su vestimenta”, dijo una de las mujeres a Rosa y añadió: “Túnicas y turbantes los más ortodoxos, mientras que los más osados prescinden de este último“. 
El lugar era realmente grande y bello por donde se lo viera. La iluminación ni hablar, era excelente y la calidad del sonido aun mucho más. Lauren se aparto del grupo y al rato regresó acompañada de un jovencito que traía una bandeja con copas en una mano y en la otra dos botellas de Champagne. Las mujeres se abalanzaron sobre él en busca de una copa. “Tranquilas, hay para todas”, exclamó casi a los gritos Lauren. Rosa no tomo ninguna pues tenía decidido no seguir bebiendo. Una copa más le significaría un estado de perdición, pues, no estaba acostumbrada a tomar y las burbujas del champagne le llegaban rápido a la cabeza. La ultima vez que tomo cuatro copas de esa bebida cuando se gradúo de abogada en la Universidad de Palermo. Esa noche terminó en la cama de su primo Rodrigo que tanto la había buscado durante la secundaria. Hecho que la llevo a jurarse que nunca más tomaría una gota de Champagne. Promesa que con el paso del tiempo fue flexibilizando, pero siempre, dentro del marco de un profundo respeto por la burbujeante y amarga bebida. Una vez con las copas llenas las mujeres se desplazaron en sentidos contrario entre la multitud. Rosa quedó sola a un costado mirando hacia donde ir. Los sillones del costado parecían llamarla. Acudió obedientemente al llamado.
Saco el celular de su cartera y corroboro que no tenía ni un sólo mensaje. Observó como la gente bailaba. Luego volteo el cuello hacia la barra y vio un hombre muy elegante que estaba a medio sentar en la banqueta. Por lo que le había dicho aquella mujer minutos antes, sentenció que se trataba de un turista. “Al menos no soy la única aburrida”, pensó y se sintió un poco más relajada. El hombre le lanzo una mirada por detrás de los lentes y ella se incomodo. Al rato volvió la vista hacia la barra. Él la estaba mirando, nunca le había quitado los ojos de encima en realidad. Maldijo ese momento porque se sentía completamente incomoda, sin embargo, después de unas milésimas de segundos posiciono sus ojos en el segundo piso de la discoteca. Dos mujeres se acariciaban muy indiscretamente y esto incomodo aún más a Rosa por lo que revoleo los ojos y los llevo hacia algún punto imaginario que trazo sobre la gente que danzaba al compás de esa esquizofrénica música electro árabe.
Salto de ese verde sillón cuando una mano toco su hombro.
-¡Maldición! -grito Rosa.
-Disculpe -dijo el hombre que hace minutos estaba del otro lado en la barra. 
Rosa lo miro y comenzó a reírse.
-No disculpe usted… es que estaba distraída -dijo Rosa mientras se rascaba la mejilla derecha. 
-No, discúlpame tu a mi. Me llamo Frederic. ¿Tu?
Rosa le extendió la mano y se presento como Rosa Palacios de Argentina. 
-Yo soy de Nueva Jersey y estoy aquí desde hace dos semanas por trabajo -dijo Frederic mientras mostraba sus perfecta dentadura. 
-¡Oh bien!… vaya eso suena interesante -dijo Rosa-, yo estoy desde menos tiempo que tu, llegue ayer… ¿y a que te dedicas?
-Pues bien, soy arquitecto y estoy a cargo de una construcción que esta haciendo la compañía para la que trabajo, así que, vine a inspeccionar que las cosas vayan sobre rueda. 
-Que bueno eso…-¿Tu de vacaciones? -preguntó Frederic.
-Si viene a despojarme de los problemas y la rutina… 
Antes de que Rosa terminara de hablar Frederic la interrumpió para invitarla a tomar algo. 
-Bueno, yo en realidad no soy de tomar mucho pero… para ser coherente con lo que acabo de decirte: salgamos de la rutina.
Ambos se acercaron a la barra de cristal iluminada con luces verdes que estaba atestada de personas que se empujaba para hacerse lugar y llegar mas rápido a las cajeras que con pequeños uniformes y gran sonrisa tomaban el pedido. Luego de hacerse espacio entre esa multitud, Frederic volteo su cabeza y casi a los gritos pregunto a su acompañante que deseaba tomar. Rosa le contesto que lo que él eligiera estaría bien. “Te recomendaría que me dejes todo a mi libre elección”, bromeo Frederic. Rosa entendio esto y lanzó una sutil sonrisa. 
El hombre sabia mucho de mujeres y consecuentemente sobre que les gustaba tomar y que no. Su elección fue un trago clásico pero muy delicioso: Daiquiri de frutillas. 
-¡Guau esto esta espectacular! -sentenció Rosa a penas dejo de beber de su sorbete. 
-Me alegra haber hecho una buena elección -dijo Frederic mientras miraba a la mujer que estaba parada frente a él- ¿Has venido sola?-No… si en realidad si porque el grupo de mujeres con el que vine son completas desconocidas. Contrate los servicios turísticos del HSBC y me proponía alejarme de todo lo que rodea mi vida en Buenos Aires. 
-Entiendo. ¿Tienes pensado quedarte mucho tiempo?
-No en realidad sólo dos días más y luego volveré porque tengo que trabajar -explicó Rosa mientras revolvía su trago con el sorbete negro.
-Bueno supongo que por la tarde podríamos ir a dar una vuelta por la ciudad si quieres y no tienes mejor plan…  
Rosa miraba al hombre que para ese entonces ya la había hipnotizado, él no la estaba invitando a irse de la discoteca para terminar la noche entre sus sabanas o en el peor de los casos en la parte trasera de su coche, realmente él tenia tacto para tratar con una mujer de su clase.
No se apresuro. Contesto luego de pensar unos segundos, aunque le gustaba no podía dar el si tan rápido, eso era de mujeres desesperadas y si había algo que ella no quería parecer era ser una de ellas. Luego de echar un rápido vistazo al oscuro piso de la discoteca y de frotarse la nuca respondió:
-Bueno, mira no estoy segura porque tengo que chequear si ya no programe alguna salida, pero si quieres puedes pasarme tu numero de celular y en la mañana te confirmo. 
Frederic de inmediato saco su celular y se lo paso a Rosa.
-Anótalo ahí -dijo Frederic mientras le guiñaba un ojo. Cuando termino de agendar el numero le devolvió el celular y el busco en su agenda de contactos e hizo una llamada. El celular de Rosa sonó.
 -Ahí te quedo mi numero, ha sido un gusto Rosa, me iré a descansar porque ha sido un día muy largo para mi.-Gracias. Que descanses Frederic…
El hombre volvió a interrumpir a Rosa.
-Llámame Fred porque Frederic suena muy distante -dijo y luego rió con ganas.
Rosa se rió mucho y lo miró a los ojos antes de que él la dejara atrás. Lo vio alejarse como una pantera que sigilosamente asecha a su presa. Moviéndose lentamente por el pasto para evitar los ruidos y así tomar desprevenida a su victima. Cuando al fin desapareció entre la multitud volvió a sacar su celular y yendo a la sección de recordatorios agendó: llamar al apuesto Frederic. 
Rosa sintió muchas ganas de gritar y de bailar. Por primera vez después de muchos años se sentía como esas adolescentes que gritan y se mueven extasiadamente en el recital de su cantante favorito. Se envalentonó y luego de ir por otro vaso de esa deliciosa bebida que le regalo Frederic se mezclo con la gente y bailo sin parar hasta que la noche termino. 

La rosa del desierto - Primera parte


Primera parte
Majestuosos los camellos desfilaban por el ardiente suelo arenoso del desierto de Dubái. Un paisaje realmente imponente. A donde quiera que ella viera sólo encontraba arena y más arena. La 4x4 subía y bajaba por esas dunas a velocidades insospechables para aquellos quienes piensan que un paseo por el desierto puede resultar una tarea mas que complicada. Al cabo de un rato,  una mujer norteamericana y otra Holandesa comenzaron a contar historias típicas del lugar. Eran las guía turísticas. Después de las historias llegaron los comentarios  acerca del tipo de fauna típica del desierto. Subsiguientemente hablaron del clima. “Durante el día la temperatura puede trepar unos cuantos grados mas que ahora,  mientras que por la noche esta cae drásticamente hasta alcanzar temperaturas bajo cero”, explico Lauren una de las guía. “Ahora hagamos un poco de sandboarding”, sugirió Marlene, la joven holandesa. Rosa la miraba atentamente le hizo una radiografía con sus enormes ojos. Leyó el pin que llevaba en su camisa: Marlene Presley, guía de turismo oficial. Ninguna de las mujeres se atrevió a realizar la actividad que se les proponía, por lo que ambas guías coincidieron respecto de pasar a la próxima actividad del paquete: paseo en camello. Actividad que todo el mundo se desespera por realizar. Demás esta decir que es una postal casi obligada que cada turista retrata con su cámara fotográfica, y en caso de no contar con una, las amables guías pueden tomarte una por solo diez dólares. La primera en treparse a uno de los animales fue una gorda de más de cuarenta años. Con la lente de los anteojos más gruesos que el culo de una botella y cabello insulso. Por el asentó que portaba parecía ser de Italiana. Rosa miraba con recelo la situación y pudo ver que el camello casi no se podía mantener en pie. Si ese animal pudiera hablar, de seguro lanzaría una lluvia de insultos sobre la obesa mujer que se posaba cual reina de carnavales sobre la espalda del cuadrúpedo. Luego, la que se sumo a la aventura fue una francesa. Era joven y apuesta. Después, llego el turno de Rosa. Su delgado cuerpo subió con ayuda de las guías a la joroba del camello. “ahí no, mas atrás”, indico Lauren. La excursión comenzó a las diez de la mañana. Duró poco más de dos hora. Después, el grupo de diez mujeres regreso a la ciudad. Camino por la autopista el paisaje era increíblemente sublime. “Que hermoso ese rascacielos”, sentencio una joven.Al llegar al hotel Kempinski Mall Of The Emirates, un hombre de innegables rasgos árabe las esperaba. En un ingles muy precario se presento y luego las invito a disfrutar del spa que estaba en el piso cincuenta y seis. Dos pisos más arriba del que estaban ellas. “No suena nada mal -pensó Rosa- además, necesito quitarme toda la arena del desierto que traigo en el cabello” Primero fue a su habitación y se despojo de la vestimenta típica del desierto para ponerse una cómoda bata de baño. Tomo el ascensor y al llegar al spa quedo impresionada por todo el lujo. Una enorme piscina de agua caliente, pequeñas cascadas que generaban un ambiente de ensueño. A los costados, las sillas-cama atestadas de mujeres que solo cubrían sus cuerpos con toallas blancos. Todas gozando en silencio. Nadie hablaba. Rosa jamás había presenciado un ambiente de tanto silencio en su vida, ni cuando visito los sagrados templos indios. Atravesó por entre medio de silenciosos cuerpos y se sentó sobre el borde de la piscina. Pensó en nadar, pero luego deicidio solo sumergir sus pies. Mas tarde tomo un masaje con piedras calientes y luego bajo al restaurante del edificio para almorzar.Después del almuerzo, Marlene Presley se apersono ante las mujeres y las invito a una excursión por los principales centros comerciales de Dubai. “Tienen a Gucci, Calvin Klein…”. Marlen iturrumpio. “También Armani, Carolina Herrera, Oscar de la Renta y muchas más. Dubai tiene lo mejor de lo mejor”, sentencio Presley mientras esbozaba un sonrisa picara. Las mujeres enloquecieron y todas menos Rosa dieron el si. “Me quedare a leer un rato y luego dormiré unas horas, pues supongo, que la noche aquí también debe ser lo mejor de lo mejor”. Lauren asintió con la cabeza y agrego: “Única y mágica”.Regreso a su habitación y leyó un poco del ultimo libro que había escrito su amiga, la mexicana Liliana Stegman. Desde su piso, Rosa podía ver toda la ciudad. La contemplo unos instantes y luego cerro las cortinas para poder descansar un rato. Recostaba pensó en Adolfo, su ex esposo, en sus hijos y también en su amiga Jazmín que hacia meses estaba internada en el Sanatorio Laprida sumida en un profundo sueño del cual no podía despertar. Jazmín tenia treinta y ocho años como ella y por el accidente automovilístico que había sufrido hace nueve meses atrás permanecía en coma. Recordó las veces que fue a visitarla. Su delgado y pálido rostro tenían menos vida que un pedazo de mármol. Conectada a unos pulmones mecánicos que la mantenían con vida. Estaba ahí postrada en la cama, entera en cuerpo, pero desintegrada su alma. Siempre se preguntaba por donde andaría vagando su alma. Cerro los ojos y le pareció ver para al pie de su cama el alma de Jazmín. Se horrorizo. Instantáneamente paso a pensar en Adolfo. “Miserable, ¿cómo pudo haberme dejado por una mocosa de 23 años? -se pregunto mientras dibujaba en su mente el rostro de su ex marido- le di los mejores trece años de mi vida, se lo di todo y me paga de esta manera: dejándome sin nada”. Minutos más tarde quedó completamente dormida. El despertador del celular sonó a las siete de la tarde, estridentemente. Casi dormida aun, se sentó en la cama y tomo el celular. Miro la pantalla del aparato. Nada. Ni un mensaje. Ninguna llamada. Se puso de pie y camino hasta el ventanal. Corrió las cortinas. Afuera el sol comenzaba a caer. Rosa cogió el teléfono y llamo a la recepción.
-Hola, soy Rosa Palacios de la habitación 503, quisiera que me traigan un té a mi habitación si es posible -dijo sobriamente mientas jugaba con el cable del teléfono. 
-¿Desea algo más señora Palacios? -preguntó la voz del teléfono. 
-Si, ya que lo dice puede ser un poco de miel también y nada más.
-Bueno, en cinco minutos un camarero le llevara todo a su habitación -dijo la voz femenina- y recuerde que estamos para servirle. Hasta luego señora Palacios.
 Rosa colgó y antes de que se diera cuenta el camarero ya estaba golpeando la puerta con la bandeja en la mano. 
-Señora aquí esta el te y la miel que pidió.
-Muchas gracias, es usted muy amable -le dijo al moreno de grandes ojos verdes que le estaba entregando la bandeja plateada- por favor, déjelo en la mesita.-¡Oh! si, disculpe -se excuso el camarero.
-No hay problema, solo que soy un poco torpe y temo echar a perder el te -explico Rosa- además, muero por beberlo.
Ambos rieron. El muchacho dejo la bandeja en la mesita de living de la habitación y se marcho. Rosa se quede pensando en la belleza del muchacho. Realmente era muy apuesto. “Puede ser mi hijo -pensó al tiempo que se ruborizo- ¿que estoy diciendo?”. Se sentó en sillón capitanee que hacia juego con los demás muebles de la habitación y agarro el libro por donde lo había dejado. Mientras leía,  tomo la cucharita y vertió un poco de miel en el té. Se acomodo y bebió un poco de la infusión. “Que delicioso esta esto -pensó mientras observaba las palabras del libro sin leerlas- hasta el té es mejor aquí al otro lado del mundo”. Al rato el celular sonó, era Lauren que llamaba para informarle que a la noche estaban invitadas a una fiesta que se daría en el hotel. Se festejaba el primer año en pie del enorme rascacielos dentro del cual ella se encontraba. Si deseaba podía participar de ella o bien recorrer los lugares mas visitados de la noche de Dubai. Aunque la fiesta en las instalaciones podía tener sus ventajosas oportunidades, la segunda opción sonaba mucho más tentadora.
-A las nueve estése lista -dijo la guía- un hombre pasara por usted y la traerá hasta el restaurante Farid y desde allí recorreremos la ciudad de punta a punta. 
-De acuerdo, estaré lista para esa hora. Muchas gracias. 
Después de cortar la comunicación cerro el libro y lo hizo a un lado. En un lento movimiento llevo su cuello de norte a sur y de este a oeste. Este rechino estridentemente. El sonido recorrió la extensa habitación e impacto contra los cristales del ventanal. Rosa escogió un vestido negro y unos zapatos de tacos altos que estilizaban su lánguida silueta. Se aplico unas cuantas gotas de ese perfume italiano que tanto adoraba y luego se maquillo un poco nada más. Tomo su cartera y bajo. La noche comenzaba así y ella estaba con muchos deseos de vivirla intensamente cada segundo. 

viernes, 19 de agosto de 2011

El examen


“No te des por vencido... ni aun vencido”, fueron las palabras que resonaban constantemente en mi mente. Ofuscado por la rutina quise dejarlo todo y echarme a dormir. “No te des por vencido…” una y otra, y otra vez más. Mis ojos luchaban con mi mente. La batalla fue despiadada, pero por cinco minutos mas, ellos continuaron abiertos de par en par. Cuatro paginas y luego otras dos. El cielo enfurecido rechinaba. Relámpagos recorrían impetuosamente ese oscuro fondo. Sobresalían y brillaban intolerantemente. Parecían decir “aquí estamos”. Esplendorosos.Volví al libro. Capitulo IV “Paradigma Funcionalista”. La noche se hacia sentir. Majestuosa e irreverente. Los grillos afuera ofrecían una singular orquesta. Por unos segundos baje el volumen del televisor y me dedique a atesorar ese maravilloso espectáculo musical. Que maravillosa la naturaleza. “¿Cómo harán esos bichos para generar ese estridente sonido?”.  Media hora después. Volví mi cabeza hacia la pared. Las agujas del reloj marcaban las 4:10 de la mañana. Me asome al balcón y las gotas golpearon mis mejillas. El diluvio. Miré más allá de los edificios. Nada.Solo dos segundos del puro y frío viento bastaron para revitalizar mi cansado espíritu. Volví a mi los textos que a gritos me invitaban a sentarme en la oscura silla de roble. Leí unas cuantas paginas con mucha convicción, pero, luego el cansancio volvió a llamar a mi puerta. “Es hora de dormir, ya déjalo todo y ve a la cama”. Tic, tok, tic… tok… tic… una, dos, tres, seis, nueve y cien veces mas. El sonido recorría mi cabeza de izquierda a derecha, y, luego en dirección opuesta. Pensé en dejarlo todo e irme a dormir. “¿como te vas a ir a dormir? mañana tenes que rendir bien”. “No te des por vencido... ni aun vencido”, conocía esa voz que susurraba desde lo mas profundo de mi mente. El sueño me estaba derribando por lo que tenia que hacer algo para despertarme. Una buena ducha considere era la mejor opción. Encendí la ducha y me pose bajo el chorro de agua que salía con bastante presión. El agua rebotaba en mi piel como una lluvia de virutas recién extirpadas de una pieza de metal. Baje la potencia. Ahora el agua salía suave y tibia. Me relaje unos minutos y luego volví a la mesa donde yacían a la espera las teorías de grandes exponentes de la política de todos los tiempos.Para hacer mas llevadera la situación encendí un sahumerios de arándano. Lo deje muy cerca de la mesa. Me sumergí en el mundo de la política y por unas horas no me moví de la silla. La poca claridad que ofrecen los días nublados entro a través de esa cortina blanca que mamá tanto atesoraba. Miré al reloj. Las ocho de la mañana. “Ya debería estar en la facultad”. Corrí a mi habitación por un abrigo. Sweater color colar, jean oscuro y zapatillas blancas. Estaba listo para salir a enfrentar mis responsabilidades. Rendir y aprobar era mi única preocupación.A lo lejos el colectivo celeste y blanco. Muy nacionalista y moderno.  Uno de los nuevos coches de la línea ciento quince se aproximaba a paso de tortuga y atestado de gente. Después de unos minutos arribamos a destino. Complejo universitario “La Siberia”. Mire mi celular. Ocho y cuarto de la mañana. Corrí por esa añeja calle de adoquines. Subí las escaleras externas a toda prisa. En el bar gente tomando sus infusiones y hablando quien sabe de que tema. Pensé en correr, pero no quiera quedar como un desquiciado por lo que aminore la marcha. Estire mis piernas lo mas lejos que pude para ganar centímetros. Por el pasillo los carteles inundaban las paredes. Propagandas políticas, Derechos Humanos, números de profesores particulares, etc, etc. Los autos reproches por no haber salido mas temprano no faltaron. Al final del pasillo, estaba el aula en el cual probaría por medio de un examen, que realmente había entendido esas teorías que hace meses veníamos trabajando. En la puerta un cartel decía que se suspendía el parcial porque la profesora había sufrido un accidente. Mis ojos se arquearon y la mandíbula me llego a la rodilla. No podía creer lo que mis ojos estaban viendo. Me quede firme de pie mirando por la ventana de vidrio de la puerta. El salón vacío. Segundos después, volví en mi y regrese sobre mis pasos. En la parada de colectivos me esperaba otro coche celeste y blanco.El motor del rodado comenzó a crujir apaciguadamente y segundos después se deslizo lentamente por esa calle. En mi cabeza se hizo presente ese juego de palabras que me habían mantenido firme junto a los textos durante la madrugada: “No te des por vencido... ni aun vencido”. Maldije aquellas palabras hasta en idiomas aun no existentes. 

martes, 2 de agosto de 2011

Infame

Me tome el colectivo en calle España y Santa Fe a las doce del medio día. Un viaje mas de los que estoy a acostumbrado a hacer. Me siento en n asiento individual y me pongo a leer un libro que nunca puedo terminar de leer “La Republica de Platón”. Gente que sube y desciende. Madres con niños que salen del colegio. A la altura de calle Avellaneda sube un hombre bien vestido y con el pelo engominado. Se presenta y dice ser portador de HIV. Con un discurso mas que conmovedor se dirige a nosotros los pasajeros. Yo lo miraba y oía atentamente. Siempre desconfío de los tipos que suben a los colectivos diciendo que portan alguna enfermedad como esa. Siempre pienso que son chantas que lo único que quieren es  lucrar con la lastima de la gente. “Vagos” diría un amigo mío. 
Después de terminar su discurso el señor, que no pasaba de los 40 años de edad, dijo que pasaría por cada asiento a retirar una donación a voluntad con la cual compraría pañales para su hijita y comida para su familia. Luego, dijo que el estaba así por culpa de la sociedad que lo discriminaba. Automáticamente pensé: no es culpa de nosotros, es culpa de la imprudencia de tener relaciones sin cuidarse. Obvio no lo dije, simplemente lo pensé en mi interior. La mayoría de la gente le daba dinero. Seis billetes de dos pesos y unas cuantas monedas. Yo tenia monedas para darle pero mi conciencia mas extrema se negaba a hacerlo. Nunca lo hago ni con los chicos que piden en las esquinas. Prefiero darles un paquete de galletitas o algo por el estilo ya que uno nunca sabe que hacen con ese dinero que reciben. Me parece mejor darles algo que comer. Cuando ví que el tipo se acercaba a mi asiento pensé en sacar de la mochila un preservativo y dárselo. Seguramente esa seria una gran enseñanza para todos los presentes en el colectivo. Era una forma de decirles “usar preservativo te previene de pasar una vida de mierda”. Callé, no lo dije. Seguramente nadie entendería el significado de la puesta en escena y mas de uno se hubiera ofendido y hasta talvez violentado. El sujeto continuo a bordo del colectivo con la recaudación. A la altura del complejo de cines Village toca timbre y baja. Lo mire hacer media cuadra mientras el colectivo esperaba la señal verde para continuar. El hombre para a un grupo de personas que pasaban por la vereda. Saca un cigarrillo y lo enciendo con el cigarro de uno de los transeúntes. En ese momento me sentí muy bien en no darle ni un centavo. Mas que nunca desconfíe. No se si mintió o no… da igual. Solo me sentí mal por la gente que fue estafada emocionalmente ya que  se habían solidarizado con ese hombre que decía padecer esa temible enfermedad y que supuestamente  se veía en la obligación de salir a pedir sobre los colectivos para llevar alimentos a su casa. 
Continúe mi viaje realmente molesto con lo que había presenciado y al llegar a casa tuve la necesidad de escribir esto. No se si esta bien o mal pero necesitaba desahogarme. Con esto que escribí, no quiero decir que todos los que suben a los micros a pedir monedas mientan, pero de un tiempo acá veo que mucha gente recurre a las mentiras y la misericordia de la gente para tener dinero sin hacer nada. 

* Perdón si alguien se siente ofendido con mi forma de pensar pero soy sincero conmigo mismo. 

Un día diferente


Martes quince de Noviembre. Desperté con ganas de recorrer la finca a caballo por lo que fui hasta el establo y ensillé el pinto. Luego monte y me embarque en una aventura genial. Recorrer la finca que tiene mas de 100 etáreas es algo que realmente me apasiona. 
A medida que me adentraba en el monte podía escuchar el coro de aves y la suave frescura del aire de campo. Desmonte y me di un baño en la laguna. Esa agua era tibia y transparente, nada que ver con el marrón Río Paraná de Rosario. Me quede largo tiempo en el agua. 
Por la tarde me dispuse a recoger leña para preparar la comida en la cocina de acero macizo que tienen en casa de la abuela Laura hace mas de setenta años. Una verdadera reliquia. Realmente estoy convencido de que no se compara el sabor de la comida preparada a leña con la que se prepara con gas. 
Cuando por fin cumplí con mi labor de recolección, me di un merecido descanso en la hamaca paraguaya que queda en el fondo de la casa. Amarrada a los eucaliptos se mece por el viento la vieja hamaca paraguaya. Se mece de derecha a izquierda lentamente. Me recosté en ella y me quede dormido casi instantáneamente. Me despertó Juanita, la menor de mis primas. Ella es una niña muy agradable y bella. Sus ojos parecen dos hermosas esmeraldas y su piel es tostada como el trigo que crece aquí en el campo. “Dice la abuela si queres acompañarla a hacer unas compras al pueblo”. Me vestí acorde a la situación: bombacha color negro, alpargatas del mismo color y una campera. En la entrada del campo de la familia me esperaba el  Falcón color celeste del tío Ricardo. Ese auto estaba muy viejo pero aun andaba muy bien.  Camino al pueblo disfruté del paisaje celestial que ofrecían esos esteros. Nada mas bello que ver un par de garzas posando arrogantemente al costado de la laguna mientras las vacas caminan tranquilamente a su alrededor rumiando. Los teros gritan desaforadamente a medida que el auto se desliza a ochenta kilómetros por hora sobre esa improvisada calle de arena que nos conduciría a la ruta y esta a la ciudad. Luego de diez minutos aproximadamente el Falcon piso de brea. Estábamos sobre la ruta. “Esa es la casa que se compro la gringa”, dijo mi abuela mientras señalaba una casa de dos plantas con palmeras en la entrada. En ese momento pensé que las palmeras no tenían nada que ver con la fauna del lugar. Miami vino a mi mente. 
Una vez en el pueblo mi abuela se metió en una especie de supermercado chino. “Que tal Laurita”. Mi abuela respondió que estaba regia y tomo un canasto. “Este es mi nieto, el hijo de Lucia, mi hija que vive en Rosario”, nos presento. La señora era la dueña del negocio o boliche como le dicen los lugareños. Yo me sentía avergonzado debido a tanto halago por parte de la mujer que no paraba de tocarme la cara y decirme que era precioso. 
Mi abuela muy simpática se saludaba con los empleados y mientras iba metiendo cosas en el canasto. En minutos ya se había llenado. “Son ciento cincuenta pesos”, dijo la cajera. La abuela abrió su monedero y pago. Luego subimos al auto y regresamos al campo. El sol ya comenzaba a caer. De regreso por el camino de arena la oscuridad era increíble. A los costados donde antes estaban las garzas y las vacas ahora solo veía muchos ojos brillosos, miradas satánicas en medio del campo. Era realmente para asustarse. Esas miradas realmente intimidaban. “Son vacas u ovejas”. Me tranquilice con el afortunado y necesario comentario de mi tío. Bajamos del auto y me quede parado unos segundos observando el cielo. Miles de estrellas brillaban. Aquí en el campo se pueden ver muchas mas estrellas que en la ciudad. 
En el fondo de la casa, cerca del gallinero, mi tía Fernanda preparaba el fuego para el asado. Le pregunte si necesitaba ayuda y me dijo que estaba bien pero que me encargara de la ensalada. Entre y mis primas hablaban entre ellas. No quise interrumpirlas y me dirigí a la heladera. Una heladera a kerosene, increíble pero real. “Abuela ¿la lechuga y los tomates donde están?”. Me dijo que tenia que ir a sacarlos de la huerta. Me dio terror porque le temo a la oscuridad y mucho mas en el campo. Me preocupaba que me muerda una víbora o algún bicho raro. No quería quedar como un cagon así que me arme de valor y con la linterna camine unos cuantos metros hasta entrar a la huerta. Pise una calabaza y me resbalé. Odie e insulte al maldito vegetal. En un rincón y atados a una estructura de palos de caña en forma de hache estaban los enormes tomates. Su color era intenso y se podía percibir el aroma. No sabia que los tomates tenían aroma hasta ese día. En el mercado uno los consigue ya sin su esencia.  La parte mas difícil llego cuando tuve que encargarme de la lechuga. Atravesé por entre medios de las plantas de morrones y el árbol de tomillo hasta llegar a el sector de la las verdes lechugas. Se me dificultaba cortarlas así que las arranque de raíz. De pronto escucho un chillido que me heló la sangre. Venia del árbol llorón que esta al costado de la huerta. Alumbre rápidamente. Allí estaba el que casi me mate de un susto: un enorme búho que me observaba desde la rama. Parecía como si me quisiera advertir que no me lleve los tomates y las lechugas porque de lo contrario me atacaría. Tome una pidiera del piso y la arroje al árbol para ahuyentarlo. Voló y se perdió en la oscuridad. Volví con mi cosecha y lave meticulosamente todo.  
A las diez de la noche la comida ya estaba servida. Éramos como veinte personas en esa improvisada mesa de tablones que mis tíos habían armado. Tíos, primos y amigos de mis primos me preguntaban como era la vida en Rosario. “¿Mucha inseguridad eh?”, pregunto una de las amigas de Roxana , la mayor de las hijas de mi tío Ricardo. Asentí mientras saboreaba la deliciosa costilla de cordero que me sirvieron. Luego de la cena, mis primas mas grandes me invitaron a ir a una fiesta de folklore que se celebraría en el pueblo. Les dije que estaba muy cansado y prefería quedarme durmiendo. Después mientras tomaba un poco de vino con mis tíos me dieron ganas de conocer un poco de la noche de los pequeños pueblos asi que me cambie y fui las chicas. “Estas muy lindo primo, ahora vamos a ser la envidia de todas las guainas”. Me rei porque me causaba mucha gracia el termino “guaina” para referirse a las chicas. 
Mi tío nos dejo en la entrada del club en el cual se desarrollaría el encuentro de folklore regional. Entramos y la gente me observaba. Creo que fui un tanto demasiado producido para ese evento. Mi vestuario consistía en una short muy corto en color blanco y una camisa al cuerpo también en ese tono. En el cuello un pañuelo colorado y en en los pies unos borregos color marrón. Tascani es una marca muy extravagante que el mes pasado saco una colección inspirada en la moda del hombre europeo. Recuerdo que el día que me compre el conjunto, caminaba con un amigo por calle Santa Fe y al pasar por la vidriera me encanto la onda del look, así que entre y me lleve las prendas. Lejos de incomodarme ante las miradas me sentí muy alabado. Esas miradas alimentaban mi ya gran ego. Recorrí el auditorio sonriente y salude a cuanta persona mis primas me presentaban. El encuentro de folklore duro dos horas. “¿Termino la noche?”. Mi prima Rox me dijo que recién comenzaba. Compramos un daiquiri de frutillas para las chicas y de durazno para mi. Mirábamos la gente que entraba. La gente iba vestida muy común. Me llamo la atención eso aunque parezca una frivolidad. “Ese me encanta”, dijo rox mientras chupaba el sorbete. Era un flaco sin gracia y caminaba muy chueco. Nunca entiendo a las mujeres lindas que generalmente andan detrás de tipos de “belleza exótica”. No dije nada y mire alrededor. Inspeccione cada rincón del lugar con mis ojos. Las paredes necesitaban un poco de pintura y ojala no lloviera porque el techo de chapas bajo el que estábamos tenia algunos agujeros. Lucrecia, una amiga de Rox, me dijo que el club era el único lugar donde se podían juntar los jóvenes y disfrutar de un sábado por la noche. Sentí pena por ellos. Eso no tenia nada que ver con More, Taura o el magnifico Lotus. Me llame al silencio antes de decir alguna burrada y me mensaje con Franco. Me contó que estaba en Bi ei (Buenos Aires) como decíamos con nuestro grupo. Saque una foto del lugar y se la envíe. Una imagen dice mas que mil palabras. Al rato llega la respuesta a la foto. El mensaje decía: “jajá ¿estas en la selva bro?… Nosotros con Delfi acá en Rummi, es lo mas este boliche. Esta lleno de famosos”. Deteste el momento en que me decidí a ir a pasar unos días al campo. 
La música comenzó a sonar y las mujeres movían sus cuerpos alocadamente. Esa cumbia las enloquecía. Con el identificador de temas que tiene mi Smartphone intente descubrir quien era la mujer que cantaba. Sin señal. Tuve que consultarle a mi prima y me dijo que la que cantaba era Karina y la canción se llamaba “Tómame”. Las cumbias sonaban una tras otra y yo ahí con mis primas que bailaban como si fuera la ultima vez en sus vidas que lo harían. Yo miraba la gente y su actuar. Analizaba cada moviendo y cada detalle. A las cinco de la mañana la noche ya llegaba a su fin. Era la primera vez que me alegraba de que mi noche de sábado llegase a su fin. A la vuelta compramos unos grasosos pero ricos corupanes en la ruta. 
Una vez recostado en mi cama me di cuenta que si bien el campo tiene su encanto y aunque la vida sea mucho mas sana como se dice generalmente, la vida de las grandes ciudades es mucho mas seductora y facil. No puedo imaginarme todos los días de mi vida cocinando a fuego de leña o teniendo que hacer kilómetros a caballo para usar Internet en un locutorio. Ese día agradecí a los científicos por hacer con sus inventos nuestras vidas mucho mas simples y practicas.