miércoles 27 de julio de 2011

Despertar



“Despertate nene”, vocifero mi padre parado desde la puerta de mi habitación. Eran las 10:12 horas de la mañana. Un sábado más como cualquier otro. La resaca me quemaba el cerebro. Me levante con mucho esfuerzo y entre insultos por lo bajo. En el comedor estaba papa leyendo el Clarín. Desde la punta de la mesa inspeccione su rostro y no ví nada mas que ese ser detestable que aborrecí desde mi mas tierna infancia. Ese sujeto del que había heredado los genes tenia menos que ver conmigo que cualquier extraño. Con solo decir que no nos parecemos ni en el blanco de los ojos. “Te pareces mucho a tu abuelo” siempre decía mamá.
“Alcánzame el mate” dijo mientras ojeaba la sección de policiales. “Que cómodo que sos”, dije mientras le acercaba el cuerno de vaca horroroso que tanto el atesoraba. Tome aire y me aguante las ganas de decirle que lo detesto por ese tipo de actitudes. Me refiero al constante abuso de la chapa de autoridad familiar.
“Que barbaridad, matar al padre por una discusión”, dijo sorprendido mientras sus ojos se arqueaban detrás de los lentes de marcos azules.
Tome el cuchillo y unte manteca en mi tostada como religiosamente lo hago cada mañana que me siento a desayunar y luego lleve la tasa de café a mi boca lentamente mientras atisbaba sin pensar en nada a ese hombre canoso llamado “padre”.
Él continuaba comentando la noticia de parricidio. “Hay que ser un loco de mierda para hacer algo así”, sentencio mientras detuvo el dedo en algún párrafo del cuerpo de la noticia. La ironía se apodero de mi y lance un: “por algo será que hizo eso… seguramente el padre no era un pan de Dios”. El se horrorizo con mi comentario pero lejos de callarme continúe con mi polémico discurso. “Uno da lo que recibe”. Levanto la mirada y me examinaba sigilosamente. Se produjo un silencio. “Yo haría lo mismo si las circunstancias de la vida me llevan a eso”, dije mientras me ponía de pie y juntaba las migas de las tostadas. El se saco los lentes y los dejo sobre la mesa. “¿Hijo, serias capaz de hacer algo así?”. “Seguramente si”. El no dijo nada pero el callar a veces dice mucho mas que las palabras. Seguramente ese fue el segundo que lo hizo recapacitar en cuanto a su función de  padre. En los días subsiguientes se comportaba de manera extraña. Con modales muy cordiales y tratando de conocer algo de mis gustos o mi forma de vivir la vida. Quizás, tratando de comprarme emocionalmente, pues, más de los tres hijos yo era el que menos atención le prestaba. Nunca fue santo de mi devoción ni un ejemplo a seguir. Si, el estaba muy cambiado, pero lo que no se construyó en veinte años, es imposible consolidarlo en unos cuantos días.

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