El coche paso por Rosa a la hora pactada, ni un minuto más ni uno menos. Un Mercedes negro con los vidrios polarizados. La ventanilla se bajo y desde la oscuridad del coche una voz de tenor preguntó: “¿Es usted Rosa?”.-Si, soy yo.. ¿Usted?…
-Soy el chofer que la llevara hasta el Farid -Dijo el hombre del impecable traje color azul y luego dibujo una sobria sonrisa.
El chofer que no tenía más de treinta años, en un acto de caballerosidad, algo de lo que Rosa estaba desacostumbrada por venir de un país donde tales gestos habían quedado sepultados por el devenir del desinterés despiadado por los demás, abrió la puerta del coche e invito a subir a la mujer que lo miraba casi enonadada.
El Mercedes se desplazo a más de 80 kilómetros por hora sobre la avenida Al Walst. Las luces impactaban de lleno sobre el vidrio y lo recorrían rápidamente para luego acabar perdiéndose en el negro asfalto. Acostumbrada al constante asedio comunicativo que ejercen los taxistas en cualquier parte de la Argentina, se sorprendió ante la falta de interés en establecer una conversación por parte del chofer. Rosa no sabia que hacer, no sabia si era una costumbre del lugar o simplemente el caballero no tenia ganas de hablar. Dudo unos segundos y luego le pregunto en cuanto tiempo estarían en el restaurante y él le comento que en unos 5 minutos más o menos. Rosa atisbo una disimulada mueca y continuo mirando por la ventanilla. Era evidente que aquel hombre no tenia ganas de entablar una conversación.
Al llegar al lugar el chofer bajo y le abrió la puerta. En la entrada del iluminado restaurante de paredes de vidrio la recibió una joven mujer y la condujo hasta la entrada. En la recepción un muchacho le preguntó si tenía reservas a lo que ella le contesto que la aguardaban un grupo de mujeres, entonces, antes de que termine de comentar esto, él joven recepcionista la condujo por unas escaleras al segundo piso. Allí, efectivamente estaba el grupo de mujeres alborotadas charlando entre si.
-Que placer tenerte entre nosotras, ven siéntate aquí -dijo Marlene mientras indicaba la silla a la izquierda de ella- en un rato llega el primer plato, pero mientras tanto puedes ir probando un poco de esto.
- ¿Qué es esto? - preguntó rosa mientras observaba su plato.- Esto es Shawarma, un plato típico de aquí…
Rosa tomó el tenedor y con un sutil corte probó el Shawarma.
-¡Sabroso! -sentenció ante la mirada de las mujeres que parecían aguardar su sentenciaLuego, llego el plato principal y después disfrutaron de un delicioso vino iraní en la sobremesa.
Beber alcohol en medio oriente puede llevarte a la cárcel si eres musulmán, pero si eres turistas puedes tomar el alcohol que quieras. Eso fue lo que le contó Lauren. “Pueden beber cuanto quieran“, agrego Presley. Rosa siempre moderada sólo bebió dos copas.
Alrededor de las doce de la noche todas las mujeres salieron del local para subirse a una trafic plateada que aguardaba en la entrada.
-Ahora iremos a Wafi Pyramids, que es una de las discotecas más populares de aquí -informó Marlene y agregó: “La gente es muy agradable, además, hay muy buena música”.
Las mujeres murmuraban extasiadas y subieron al rodado de un brinco. La más joven del grupo (una italiana) agitaba a las demás. “¡Música por favor, música!”, exclamaba a los gritos sin la más minima cuota de ubicación. A Rosa le pareció que la muchacha había tomado demasiado y por un instante sintió muchas ganas de golpearla en la cabeza para que se callara ya que sus gritos perforaban sus tímpanos haciéndole temblar hasta el cerebelo. Sin embargo, no lo hizo y opto por la paciencia. “Estoy en Dubai, debo relajarme y disfrutar de esta noche”, pensó. El chofer respondió a los gritos de las mujeres y puso música elcotroarabe y éstas se sacudieron locamente dentro de esa estrecha trafic.
Rosa reía contagiada de la excitación de sus compañeras de viaje, pero no se movió ni medio centímetro de su acolchonado asiento. Por su parte, las guías turísticas hacían palmas discretamente. Se vivió un verdadero clima de jolgorio en ese automóvil. Después de unos minutos, y unos cuantos semáforos, al fin llegaron a la discoteca. Una cola de gente aguardaba para entrar.Las mujeres se maravillaron ante tanta modernidad. En la entrada palmeras y unos metros mas delante de ellas una puerta dorada.
“Como verán son cuatro pisos de pura diversión”, comento Marlene. Lo que más llamo la atención de las turistas era que cada piso rotaba en sentido contrario al de arriba y cambiaban de color sus paredes. Rosa desfilo por esa alfombra roja vallada y se sintió en la entrega de los Oscars.
La mujer más gorda del grupo se detuvo a coquetear con el gigante encargado de la seguridad y éste la tomo por el brazo obligándola a entrar. La gorda reía como si nada. Rosa no pudo evitar pensar “que mujer tan idiota”. Al ingresar caminaron por un pasillo oscuro con luces rosas en piso que conducía a una escalera, también iluminada con pequeñas luces del mismo color. Marlen corrió la cortina bordo con sus flacuchentos brazos y se enfrentaron a una enorme pecera con mujeres y hombres desnudos nadando en ella. Rosa quedó maravillada. No por el hecho de ver gente desnuda dentro de una pecera, porque ya había visto algo así en Las Vegas el año anterior, pero lo que la impresiono fue como estaban pintados en colores fluorescentes. Luego, hicieron unos cuantos metros más por ese estrecho pasillo de luz tenue y llegaron a la pista. Ésta estaba desbordada de gente. La mayoría eran turistas, aunque se podía ver un que otro musulmán, si se observaba muy detenidamente. “Los reconoces rápido por su vestimenta”, dijo una de las mujeres a Rosa y añadió: “Túnicas y turbantes los más ortodoxos, mientras que los más osados prescinden de este último“.
El lugar era realmente grande y bello por donde se lo viera. La iluminación ni hablar, era excelente y la calidad del sonido aun mucho más. Lauren se aparto del grupo y al rato regresó acompañada de un jovencito que traía una bandeja con copas en una mano y en la otra dos botellas de Champagne. Las mujeres se abalanzaron sobre él en busca de una copa. “Tranquilas, hay para todas”, exclamó casi a los gritos Lauren. Rosa no tomo ninguna pues tenía decidido no seguir bebiendo. Una copa más le significaría un estado de perdición, pues, no estaba acostumbrada a tomar y las burbujas del champagne le llegaban rápido a la cabeza. La ultima vez que tomo cuatro copas de esa bebida cuando se gradúo de abogada en la Universidad de Palermo. Esa noche terminó en la cama de su primo Rodrigo que tanto la había buscado durante la secundaria. Hecho que la llevo a jurarse que nunca más tomaría una gota de Champagne. Promesa que con el paso del tiempo fue flexibilizando, pero siempre, dentro del marco de un profundo respeto por la burbujeante y amarga bebida. Una vez con las copas llenas las mujeres se desplazaron en sentidos contrario entre la multitud. Rosa quedó sola a un costado mirando hacia donde ir. Los sillones del costado parecían llamarla. Acudió obedientemente al llamado.
Saco el celular de su cartera y corroboro que no tenía ni un sólo mensaje. Observó como la gente bailaba. Luego volteo el cuello hacia la barra y vio un hombre muy elegante que estaba a medio sentar en la banqueta. Por lo que le había dicho aquella mujer minutos antes, sentenció que se trataba de un turista. “Al menos no soy la única aburrida”, pensó y se sintió un poco más relajada. El hombre le lanzo una mirada por detrás de los lentes y ella se incomodo. Al rato volvió la vista hacia la barra. Él la estaba mirando, nunca le había quitado los ojos de encima en realidad. Maldijo ese momento porque se sentía completamente incomoda, sin embargo, después de unas milésimas de segundos posiciono sus ojos en el segundo piso de la discoteca. Dos mujeres se acariciaban muy indiscretamente y esto incomodo aún más a Rosa por lo que revoleo los ojos y los llevo hacia algún punto imaginario que trazo sobre la gente que danzaba al compás de esa esquizofrénica música electro árabe.
Salto de ese verde sillón cuando una mano toco su hombro.
-¡Maldición! -grito Rosa.
-Disculpe -dijo el hombre que hace minutos estaba del otro lado en la barra.
Rosa lo miro y comenzó a reírse.
-No disculpe usted… es que estaba distraída -dijo Rosa mientras se rascaba la mejilla derecha.
-No, discúlpame tu a mi. Me llamo Frederic. ¿Tu?
Rosa le extendió la mano y se presento como Rosa Palacios de Argentina.
-Yo soy de Nueva Jersey y estoy aquí desde hace dos semanas por trabajo -dijo Frederic mientras mostraba sus perfecta dentadura.
-¡Oh bien!… vaya eso suena interesante -dijo Rosa-, yo estoy desde menos tiempo que tu, llegue ayer… ¿y a que te dedicas?
-Pues bien, soy arquitecto y estoy a cargo de una construcción que esta haciendo la compañía para la que trabajo, así que, vine a inspeccionar que las cosas vayan sobre rueda.
-Que bueno eso…-¿Tu de vacaciones? -preguntó Frederic.
-Si viene a despojarme de los problemas y la rutina…
Antes de que Rosa terminara de hablar Frederic la interrumpió para invitarla a tomar algo.
-Bueno, yo en realidad no soy de tomar mucho pero… para ser coherente con lo que acabo de decirte: salgamos de la rutina.
Ambos se acercaron a la barra de cristal iluminada con luces verdes que estaba atestada de personas que se empujaba para hacerse lugar y llegar mas rápido a las cajeras que con pequeños uniformes y gran sonrisa tomaban el pedido. Luego de hacerse espacio entre esa multitud, Frederic volteo su cabeza y casi a los gritos pregunto a su acompañante que deseaba tomar. Rosa le contesto que lo que él eligiera estaría bien. “Te recomendaría que me dejes todo a mi libre elección”, bromeo Frederic. Rosa entendio esto y lanzó una sutil sonrisa.
El hombre sabia mucho de mujeres y consecuentemente sobre que les gustaba tomar y que no. Su elección fue un trago clásico pero muy delicioso: Daiquiri de frutillas.
-¡Guau esto esta espectacular! -sentenció Rosa a penas dejo de beber de su sorbete.
-Me alegra haber hecho una buena elección -dijo Frederic mientras miraba a la mujer que estaba parada frente a él- ¿Has venido sola?-No… si en realidad si porque el grupo de mujeres con el que vine son completas desconocidas. Contrate los servicios turísticos del HSBC y me proponía alejarme de todo lo que rodea mi vida en Buenos Aires.
-Entiendo. ¿Tienes pensado quedarte mucho tiempo?
-No en realidad sólo dos días más y luego volveré porque tengo que trabajar -explicó Rosa mientras revolvía su trago con el sorbete negro.
-Bueno supongo que por la tarde podríamos ir a dar una vuelta por la ciudad si quieres y no tienes mejor plan…
Rosa miraba al hombre que para ese entonces ya la había hipnotizado, él no la estaba invitando a irse de la discoteca para terminar la noche entre sus sabanas o en el peor de los casos en la parte trasera de su coche, realmente él tenia tacto para tratar con una mujer de su clase.
No se apresuro. Contesto luego de pensar unos segundos, aunque le gustaba no podía dar el si tan rápido, eso era de mujeres desesperadas y si había algo que ella no quería parecer era ser una de ellas. Luego de echar un rápido vistazo al oscuro piso de la discoteca y de frotarse la nuca respondió:
-Bueno, mira no estoy segura porque tengo que chequear si ya no programe alguna salida, pero si quieres puedes pasarme tu numero de celular y en la mañana te confirmo.
Frederic de inmediato saco su celular y se lo paso a Rosa.
-Anótalo ahí -dijo Frederic mientras le guiñaba un ojo. Cuando termino de agendar el numero le devolvió el celular y el busco en su agenda de contactos e hizo una llamada. El celular de Rosa sonó.
-Ahí te quedo mi numero, ha sido un gusto Rosa, me iré a descansar porque ha sido un día muy largo para mi.-Gracias. Que descanses Frederic…
El hombre volvió a interrumpir a Rosa.
-Llámame Fred porque Frederic suena muy distante -dijo y luego rió con ganas.
Rosa se rió mucho y lo miró a los ojos antes de que él la dejara atrás. Lo vio alejarse como una pantera que sigilosamente asecha a su presa. Moviéndose lentamente por el pasto para evitar los ruidos y así tomar desprevenida a su victima. Cuando al fin desapareció entre la multitud volvió a sacar su celular y yendo a la sección de recordatorios agendó: llamar al apuesto Frederic.
Rosa sintió muchas ganas de gritar y de bailar. Por primera vez después de muchos años se sentía como esas adolescentes que gritan y se mueven extasiadamente en el recital de su cantante favorito. Se envalentonó y luego de ir por otro vaso de esa deliciosa bebida que le regalo Frederic se mezclo con la gente y bailo sin parar hasta que la noche termino.
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