Martes quince de Noviembre. Desperté con ganas de recorrer la finca a caballo por lo que fui hasta el establo y ensillé el pinto. Luego monte y me embarque en una aventura genial. Recorrer la finca que tiene mas de 100 etáreas es algo que realmente me apasiona.
A medida que me adentraba en el monte podía escuchar el coro de aves y la suave frescura del aire de campo. Desmonte y me di un baño en la laguna. Esa agua era tibia y transparente, nada que ver con el marrón Río Paraná de Rosario. Me quede largo tiempo en el agua.
Por la tarde me dispuse a recoger leña para preparar la comida en la cocina de acero macizo que tienen en casa de la abuela Laura hace mas de setenta años. Una verdadera reliquia. Realmente estoy convencido de que no se compara el sabor de la comida preparada a leña con la que se prepara con gas.
Cuando por fin cumplí con mi labor de recolección, me di un merecido descanso en la hamaca paraguaya que queda en el fondo de la casa. Amarrada a los eucaliptos se mece por el viento la vieja hamaca paraguaya. Se mece de derecha a izquierda lentamente. Me recosté en ella y me quede dormido casi instantáneamente. Me despertó Juanita, la menor de mis primas. Ella es una niña muy agradable y bella. Sus ojos parecen dos hermosas esmeraldas y su piel es tostada como el trigo que crece aquí en el campo. “Dice la abuela si queres acompañarla a hacer unas compras al pueblo”. Me vestí acorde a la situación: bombacha color negro, alpargatas del mismo color y una campera. En la entrada del campo de la familia me esperaba el Falcón color celeste del tío Ricardo. Ese auto estaba muy viejo pero aun andaba muy bien. Camino al pueblo disfruté del paisaje celestial que ofrecían esos esteros. Nada mas bello que ver un par de garzas posando arrogantemente al costado de la laguna mientras las vacas caminan tranquilamente a su alrededor rumiando. Los teros gritan desaforadamente a medida que el auto se desliza a ochenta kilómetros por hora sobre esa improvisada calle de arena que nos conduciría a la ruta y esta a la ciudad. Luego de diez minutos aproximadamente el Falcon piso de brea. Estábamos sobre la ruta. “Esa es la casa que se compro la gringa”, dijo mi abuela mientras señalaba una casa de dos plantas con palmeras en la entrada. En ese momento pensé que las palmeras no tenían nada que ver con la fauna del lugar. Miami vino a mi mente.
Una vez en el pueblo mi abuela se metió en una especie de supermercado chino. “Que tal Laurita”. Mi abuela respondió que estaba regia y tomo un canasto. “Este es mi nieto, el hijo de Lucia, mi hija que vive en Rosario”, nos presento. La señora era la dueña del negocio o boliche como le dicen los lugareños. Yo me sentía avergonzado debido a tanto halago por parte de la mujer que no paraba de tocarme la cara y decirme que era precioso.
Mi abuela muy simpática se saludaba con los empleados y mientras iba metiendo cosas en el canasto. En minutos ya se había llenado. “Son ciento cincuenta pesos”, dijo la cajera. La abuela abrió su monedero y pago. Luego subimos al auto y regresamos al campo. El sol ya comenzaba a caer. De regreso por el camino de arena la oscuridad era increíble. A los costados donde antes estaban las garzas y las vacas ahora solo veía muchos ojos brillosos, miradas satánicas en medio del campo. Era realmente para asustarse. Esas miradas realmente intimidaban. “Son vacas u ovejas”. Me tranquilice con el afortunado y necesario comentario de mi tío. Bajamos del auto y me quede parado unos segundos observando el cielo. Miles de estrellas brillaban. Aquí en el campo se pueden ver muchas mas estrellas que en la ciudad.
En el fondo de la casa, cerca del gallinero, mi tía Fernanda preparaba el fuego para el asado. Le pregunte si necesitaba ayuda y me dijo que estaba bien pero que me encargara de la ensalada. Entre y mis primas hablaban entre ellas. No quise interrumpirlas y me dirigí a la heladera. Una heladera a kerosene, increíble pero real. “Abuela ¿la lechuga y los tomates donde están?”. Me dijo que tenia que ir a sacarlos de la huerta. Me dio terror porque le temo a la oscuridad y mucho mas en el campo. Me preocupaba que me muerda una víbora o algún bicho raro. No quería quedar como un cagon así que me arme de valor y con la linterna camine unos cuantos metros hasta entrar a la huerta. Pise una calabaza y me resbalé. Odie e insulte al maldito vegetal. En un rincón y atados a una estructura de palos de caña en forma de hache estaban los enormes tomates. Su color era intenso y se podía percibir el aroma. No sabia que los tomates tenían aroma hasta ese día. En el mercado uno los consigue ya sin su esencia. La parte mas difícil llego cuando tuve que encargarme de la lechuga. Atravesé por entre medios de las plantas de morrones y el árbol de tomillo hasta llegar a el sector de la las verdes lechugas. Se me dificultaba cortarlas así que las arranque de raíz. De pronto escucho un chillido que me heló la sangre. Venia del árbol llorón que esta al costado de la huerta. Alumbre rápidamente. Allí estaba el que casi me mate de un susto: un enorme búho que me observaba desde la rama. Parecía como si me quisiera advertir que no me lleve los tomates y las lechugas porque de lo contrario me atacaría. Tome una pidiera del piso y la arroje al árbol para ahuyentarlo. Voló y se perdió en la oscuridad. Volví con mi cosecha y lave meticulosamente todo.
A las diez de la noche la comida ya estaba servida. Éramos como veinte personas en esa improvisada mesa de tablones que mis tíos habían armado. Tíos, primos y amigos de mis primos me preguntaban como era la vida en Rosario. “¿Mucha inseguridad eh?”, pregunto una de las amigas de Roxana , la mayor de las hijas de mi tío Ricardo. Asentí mientras saboreaba la deliciosa costilla de cordero que me sirvieron. Luego de la cena, mis primas mas grandes me invitaron a ir a una fiesta de folklore que se celebraría en el pueblo. Les dije que estaba muy cansado y prefería quedarme durmiendo. Después mientras tomaba un poco de vino con mis tíos me dieron ganas de conocer un poco de la noche de los pequeños pueblos asi que me cambie y fui las chicas. “Estas muy lindo primo, ahora vamos a ser la envidia de todas las guainas”. Me rei porque me causaba mucha gracia el termino “guaina” para referirse a las chicas.
Mi tío nos dejo en la entrada del club en el cual se desarrollaría el encuentro de folklore regional. Entramos y la gente me observaba. Creo que fui un tanto demasiado producido para ese evento. Mi vestuario consistía en una short muy corto en color blanco y una camisa al cuerpo también en ese tono. En el cuello un pañuelo colorado y en en los pies unos borregos color marrón. Tascani es una marca muy extravagante que el mes pasado saco una colección inspirada en la moda del hombre europeo. Recuerdo que el día que me compre el conjunto, caminaba con un amigo por calle Santa Fe y al pasar por la vidriera me encanto la onda del look, así que entre y me lleve las prendas. Lejos de incomodarme ante las miradas me sentí muy alabado. Esas miradas alimentaban mi ya gran ego. Recorrí el auditorio sonriente y salude a cuanta persona mis primas me presentaban. El encuentro de folklore duro dos horas. “¿Termino la noche?”. Mi prima Rox me dijo que recién comenzaba. Compramos un daiquiri de frutillas para las chicas y de durazno para mi. Mirábamos la gente que entraba. La gente iba vestida muy común. Me llamo la atención eso aunque parezca una frivolidad. “Ese me encanta”, dijo rox mientras chupaba el sorbete. Era un flaco sin gracia y caminaba muy chueco. Nunca entiendo a las mujeres lindas que generalmente andan detrás de tipos de “belleza exótica”. No dije nada y mire alrededor. Inspeccione cada rincón del lugar con mis ojos. Las paredes necesitaban un poco de pintura y ojala no lloviera porque el techo de chapas bajo el que estábamos tenia algunos agujeros. Lucrecia, una amiga de Rox, me dijo que el club era el único lugar donde se podían juntar los jóvenes y disfrutar de un sábado por la noche. Sentí pena por ellos. Eso no tenia nada que ver con More, Taura o el magnifico Lotus. Me llame al silencio antes de decir alguna burrada y me mensaje con Franco. Me contó que estaba en Bi ei (Buenos Aires) como decíamos con nuestro grupo. Saque una foto del lugar y se la envíe. Una imagen dice mas que mil palabras. Al rato llega la respuesta a la foto. El mensaje decía: “jajá ¿estas en la selva bro?… Nosotros con Delfi acá en Rummi, es lo mas este boliche. Esta lleno de famosos”. Deteste el momento en que me decidí a ir a pasar unos días al campo.
La música comenzó a sonar y las mujeres movían sus cuerpos alocadamente. Esa cumbia las enloquecía. Con el identificador de temas que tiene mi Smartphone intente descubrir quien era la mujer que cantaba. Sin señal. Tuve que consultarle a mi prima y me dijo que la que cantaba era Karina y la canción se llamaba “Tómame”. Las cumbias sonaban una tras otra y yo ahí con mis primas que bailaban como si fuera la ultima vez en sus vidas que lo harían. Yo miraba la gente y su actuar. Analizaba cada moviendo y cada detalle. A las cinco de la mañana la noche ya llegaba a su fin. Era la primera vez que me alegraba de que mi noche de sábado llegase a su fin. A la vuelta compramos unos grasosos pero ricos corupanes en la ruta.
Una vez recostado en mi cama me di cuenta que si bien el campo tiene su encanto y aunque la vida sea mucho mas sana como se dice generalmente, la vida de las grandes ciudades es mucho mas seductora y facil. No puedo imaginarme todos los días de mi vida cocinando a fuego de leña o teniendo que hacer kilómetros a caballo para usar Internet en un locutorio. Ese día agradecí a los científicos por hacer con sus inventos nuestras vidas mucho mas simples y practicas.
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